Alex Zanardi se ha ido. Y ya no podemos pedirle nada más.

Ha muerto Alex Zanardi. La noche del 1 de mayo de 2026, a los 59 años, rodeado de los suyos. La familia lo confirmó esta mañana con un comunicado breve, sin causa, sin adornos. Pidió respeto. Pidió silencio. Y nos dejó a todos los demás con un nudo en la garganta tratando de explicar qué demonios ha sido este hombre.

Porque Zanardi no fue un piloto. Fue varios. Y ninguno fue cómodo.

Naciste en Bolonia en 1966, en una familia humilde de la planicie emiliana, y desde crío te montaste un kart con piezas de chatarra para empezar a perseguir lo único que te interesaba: ir más rápido. Tus padres te miraban con miedo después de perder a tu hermana en un accidente de coche. Pero tú no escuchabas a nadie. Esa fue la primera señal. La voluntad antes que el miedo. Siempre.

Llegaste a la Fórmula 1 con Jordan en 1991, debutaste en España, terminaste noveno y repetiste en Australia. Pasaste por Minardi. Llegaste a Lotus en el 93 y 94, y allí firmaste tu mejor resultado en F1: un sexto puesto en Brasil. Cuarenta y un Grandes Premios. Williams te llamó después, en 1999, y la cosa salió mal. Punto. La F1 fue el escenario donde no terminaste de encajar, donde compartiste box con Ralf Schumacher en un equipo que apostaba por motores Supertec mientras Ferrari y McLaren marcaban el paso. Una temporada y media de purgatorio en monoplazas que no rendían lo que tu nombre exigía. Te despidieron antes de tiempo. Y eso, mirándolo con perspectiva, es la cosa menos importante que te pasó en la vida.

Porque al otro lado del Atlántico estaba el escenario que sí era tuyo.

La América que te entendió

Ganaste dos campeonatos de CART. 1997 y 1998. Con Chip Ganassi. Con un estilo de pilotaje agresivo que en Estados Unidos jamás habían visto en un europeo, y unos donuts después de cada victoria que se convirtieron en marca registrada. Los americanos te adoraban. Tú devolvías el cariño quemando neumáticos sobre la línea de meta como si fuera una declaración. Allí, en aquella CART de finales de los noventa que llegó a meterle miedo a la Fórmula 1 en términos de espectáculo, fuiste leyenda antes de saber que ibas a serlo.

Aquella CART tenía pilotos de todas partes —Montoya, De Ferran, Vasser, Andretti, Tracy— y motores Honda, Mercedes, Ford y Toyota dándose de hostias en óvalos y circuitos mixtos. Era un campeonato más rápido que la F1 de la época en muchas pistas, y tú ganabas allí con un Reynard-Honda del Target Chip Ganassi que pilotabas con una agresividad que hacía rechinar los dientes a los americanos. La famosa remontada en Laguna Seca de 1996, pasando a Bryan Herta por el Sacacorchos por dentro en una maniobra que técnicamente era imposible, sigue siendo la maniobra de adelantamiento más vista de la historia de la categoría. Imposible. Imposible y encima con risa después.

Después volviste a Europa, te estrellaste contra Williams, y en 2001 hiciste lo único que tenía sentido: regresaste a Estados Unidos. A la categoría que te entendía.

Y allí pasó lo que pasó.

15 de septiembre de 2001. Lausitzring. 13 vueltas para el final.

Ese fin de semana la CART corría sólo porque el calendario los había pillado en Alemania cuando los aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas. No podían volver. Corrieron porque no había otra. Y tú liderabas la carrera. Saliste de boxes con los neumáticos fríos, perdiste el coche en la salida, cruzaste la pista, y Alex Tagliani te embistió a 320 km/h. El coche se partió en dos. Tú perdiste cinco litros de sangre y las dos piernas. Llegaste a Berlín en helicóptero medio muerto, y los médicos te amputaron por encima de la rodilla para salvarte la vida.

Cualquier otro habría aceptado el guion. Tú lo reescribiste.

En 2003 volviste al Lausitzring, te subiste a un Champ Car adaptado, y completaste las 13 vueltas que te faltaban aquel día de septiembre. No fue un homenaje. Fue una declaración. Las terminaste a un ritmo que habría sido competitivo en una carrera real. Mensaje claro: lo que dejaste pendiente, lo terminas tú. Nadie más.

El BMW que cambió las reglas

Aquí entra la parte que solo entiende quien sepa de mecánica. Volviste al automovilismo profesional en 2003 con un BMW 320i E46 modificado por los ingenieros de Múnich. Anillo en el volante para el acelerador. Pierna protésica fijada permanentemente al pedal de freno. Cambio manual con la mano derecha. Sin pedales en el sentido clásico. Sin trampas en el sentido clásico. Compitiendo con todos los demás bajo el mismo reglamento técnico. Sólo cambiaba la interfaz hombre-máquina. El resto, igual.

Pasaste por el ETCC en 2003 y 2004, y diste el salto al WTCC mundial en 2005 con ROAL Motorsport / BMW Team Italy-Spain bajo Roberto Ravaglia. El 28 de agosto de 2005, en Oschersleben, ganaste tu primera carrera de un Mundial. Por delante de Andy Priaulx y Jörg Müller. Sin piernas. Cuatro años después de lo de Lausitzring. Te seguirían tres victorias más: Estambul 2006, Brno 2008, Brno 2009. Cuatro victorias en el Mundial de Turismos sin piernas. Más de cien carreras en WTCC entre 2005 y 2009.

Que pase otro y haga eso. Te espero.

En noviembre de 2006, BMW Sauber te montó en un F1 en el circuito Ricardo Tormo de Cheste. Diste vueltas. Bajabas tiempos cada vuelta. Te convertiste en el primer amputado bilateral en pilotar un Fórmula 1. La rueda de prensa la diste sin perder la sonrisa. Como siempre.

La segunda vida: handbike

Mientras corrías en BMW, ya estabas montando otra carrera deportiva en paralelo. La handbike. La bicicleta de mano. La que mueves a base de hostias con los brazos. La que en un descenso pesa lo mismo que tú y se te va si te despistas. Los Juegos Paralímpicos de Londres 2012 fueron la coronación: dos oros, una plata. Ganaste en Brands Hatch, en el mismo circuito británico donde habías corrido de joven en monoplazas. Levantaste la bici con un brazo, sentado en el suelo, y aquella foto la viste tú, la vimos todos, y se quedó.

Río 2016: dos oros más. Cuatro oros paralímpicos en total, seis medallas. Un palmarés que ya por sí solo justifica una carrera deportiva entera. Y era tu segundo acto.

Te montaste tus propias prótesis. Literal. Diseñabas las piezas, discutías los anclajes con los técnicos, modificabas la geometría de la handbike igual que un ingeniero modifica la suspensión de un coche de carreras. Tu casa, según contaba todo el mundo que la pisó, era medio taller medio gimnasio. Hierros, herramientas, prototipos. Trabajabas tu propio cuerpo como si fuera un coche de carreras, porque eso es lo que para ti era: un chasis al que sacarle rendimiento. La diferencia entre tú y otros amputados era que tú no pedías que las cosas estuvieran adaptadas. Las adaptabas tú.

En 2014 BMW te firmó como piloto de fábrica para las Blancpain Sprint Series con un Z4 GT3 de ROAL Motorsport. Volvías al GT mundial con un coche de gran turismo de más de 500 caballos, en una categoría con pilotos profesionales sanos, y dabas guerra. En 2019 volviste a Daytona. Sin prótesis. Compitiendo en las 24 Horas con BMW. En una parrilla con Fernando Alonso, el piloto más buscado por los fans para una foto eras tú. Contabas tus historias en el paddock con la sonrisa de siempre, los hoyuelos, los ojos un poco entornados. Como si todo lo anterior no hubiera pasado.

19 de junio de 2020. La curva que no se podía no tomar.

Carrera benéfica de handbike en Toscana. Descenso. Pierdes el control. Invades el carril contrario. Camión de frente. Traumatismo craneoencefálico severo. Coma inducido. Múltiples cirugías faciales y craneales. Tu mujer Daniela aguantando partes médicos durante meses. Y luego, silencio. Mucho silencio. Comunicados escasos. La sensación de que esta vez la batalla era distinta.

Casi seis años después, te has ido. La familia no ha dado causa oficial. Tampoco hace falta. El cuerpo aguantó hasta donde aguantó. La voluntad le ganó al tiempo más de lo que ningún médico habría firmado en 2020.

¿Qué te llevamos los que nos quedamos?

Mira, hay pilotos que dejan vueltas rápidas. Otros dejan trofeos. Tú dejas una idea, y es una idea jodidamente incómoda: que cuando todo se rompe, te queda lo que tú decidas que te queda. Que el cuerpo es una máquina y se puede rediseñar, igual que tú rediseñaste un BMW 320i para frenar con una prótesis. Que las piernas no son las piernas: son una forma de empujar. Y hay otras.

No eras un símbolo. Eras un tío con una sonrisa fácil que tomaba decisiones que casi nadie toma. Diseñabas tus propias prótesis. Discutías con los ingenieros de BMW como un piloto sano. Ganabas carreras del Mundial siendo amputado bilateral. Y cuando te tocó volver a empezar, no pediste permiso. Empezabas y ya está.

Lo que más jode de tu historia no es el accidente del 2001. Es que casi cualquier otro habría usado lo del Lausitzring como excusa permanente para no volver a hacer nada. Tú la usaste como cero kilómetros. Reseteo. Empiezo otra vez. Y empezaste tres veces más: el WTCC, los Paralímpicos, el GT en Blancpain. Con un cuerpo que muchos habrían firmado por no tener que mover de la cama. Y aún así, ganando carreras de Mundial. Aún así, subiéndote a un Fórmula 1 de BMW Sauber en Cheste para demostrar que se podía. Aún así, con la sonrisa puesta, contando chistes en el paddock, firmando autógrafos, peleándote con los ingenieros para que te trajeran un anillo de acelerador con menos histéresis.

La Fundación Bimbingamba que montaste para ayudar a niños amputados es la otra cara de esto. Mientras competías al máximo nivel con prótesis adaptadas, fuera de la pista te dedicabas a darle a esos críos lo mismo que tú habías tenido que conseguir solo: la convicción de que el cuerpo no determina lo que vas a poder hacer. Sólo determina cómo lo vas a tener que hacer. Y la diferencia entre esas dos frases es la diferencia entre rendirse y empezar de nuevo.

Lo de los donuts en CART, los oros en Londres, el BMW de Oschersleben, las 13 vueltas terminadas en el Lausitzring tres años tarde, la handbike levantada con un brazo en Brands Hatch, los críos amputados que aprendieron de ti que se podía. Todo eso es lo mismo. Es un tío que entendió que la carrera no termina cuando la pista te escupe. Termina cuando tú decides bajarte del coche. Y tú, Alex, no te bajaste nunca.

Hasta esta noche del 1 de mayo. Y aún así, siendo justos, no te has bajado del todo. Quedan los donuts. Queda el 320i de Oschersleben. Queda la Fundación Bimbingamba. Queda la idea. Y la idea es lo último que se rompe.

Hasta siempre, jefe.

Comprueba que sigues vivo.

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