COMBUSTIBLES FOSILES

Muerdes la mano que te alimenta: La hipocresía de odiar los combustibles fósiles


Hay algo profundamente irónico en una persona que escribe desde su iPhone, sentada en un edificio de hormigón armado, vestida con ropa sintética, mientras come comida que ha viajado 3.000 kilómetros en camión refrigerado, publicando en redes sociales que los combustibles fósiles son el enemigo de la humanidad.

Es como escupir en el plato del que comes. Y lo peor es que ni siquiera lo sabes.

Porque esa es la realidad: vivimos en un mundo construido ladrillo a ladrillo, carretera a carretera, hospital a hospital, con la energía de los combustibles fósiles. Y ahora, desde la comodidad que ellos nos han dado, los señalamos como si fueran el demonio. Sin entender que sin ellos, la mayoría de nosotros no estaríamos aquí para quejarnos.

Vamos a hablar de lo que nadie quiere hablar. Con datos. Sin filtros. Y con las manos manchadas de grasa, como siempre.

El mundo en el que vives existe gracias al petróleo, el carbón y el gas

No es una opinión. Es un hecho incómodo que la mayoría prefiere ignorar porque rompe su narrativa de salvador del planeta.

Vaclav Smil, uno de los pensadores más respetados del mundo en materia de energía —Bill Gates dice que espera sus libros como otros esperan la nueva película de Star Wars—, lo ha explicado con una claridad demoledora en su libro How the World Really Works: la civilización moderna se sostiene sobre cuatro pilares fundamentales: cemento, acero, plásticos y amoniaco. Y los cuatro requieren combustibles fósiles para su producción.

No «pueden usar» combustibles fósiles. Los requieren. No hay alternativa viable a escala industrial. No hoy, no mañana, y probablemente no en las próximas dos o tres décadas. Por mucho que duela.

Repasemos uno por uno, porque aquí es donde la cosa se pone seria:

El acero. La estructura del edificio en el que vives, del coche que conduces, del tren en el que viajas, de las herramientas con las que trabajas, del puente que cruzas cada mañana. Se producen 2.000 millones de toneladas al año en todo el mundo. Para separar el hierro del óxido de hierro se necesita carbón de coque. No es una cuestión de preferencia energética ni de voluntad política: es química básica, la que aprendes en el instituto. El monóxido de carbono que genera el coque es lo que arranca el oxígeno del mineral de hierro. Sin carbón, no hay acero. Punto. No hay debate. No hay alternativa a escala. El que te diga lo contrario, que te enseñe la planta siderúrgica que funciona con paneles solares. Te espero sentado.

El cemento. Cada carretera, cada puente, cada hospital, cada escuela, cada presa, cada túnel, cada aeropuerto. Los hornos de cemento necesitan temperaturas superiores a 1.400 °C de manera constante y sostenida. Alimentar esos hornos con energía eólica o solar es, siendo generosos, una fantasía técnica. Siendo honestos, es una estupidez de quien no ha pisado una cementera en su vida.

Los plásticos. Presentes en absolutamente todo lo que tocas durante el día: desde los componentes médicos que salvan vidas en quirófanos hasta el cableado eléctrico de tu casa, pasando por el teléfono con el que estás leyendo esto, la pantalla que lo protege, la funda que lo envuelve, y el cargador que lo alimenta. Más del 99% de los plásticos del mundo provienen directamente de combustibles fósiles. Se producen 300 millones de toneladas al año. ¿Vas a sustituir eso con bambú? Venga, va.

El amoniaco. Este es el que menos gente conoce y probablemente el más importante de todos. El amoniaco es la base de todos los fertilizantes nitrogenados. Sin los alimentos producidos con fertilizantes modernos, miles de millones de personas —literalmente, miles de millones, con b— morirían de hambre. Antes de los fertilizantes sintéticos, aproximadamente tres cuartas partes de la población mundial tenía que dedicarse a la agricultura solo para alimentar al 25% restante. Los combustibles fósiles liberaron a la humanidad de la esclavitud del campo. Eso no te lo cuentan en Instagram.

Tu hospital funciona con combustibles fósiles

Es muy fácil hablar de energías limpias cuando no estás conectado a un respirador. Es muy fácil pedir el cierre de centrales térmicas cuando no tienes un hijo en una UCI.

El sector sanitario contribuye aproximadamente con un 5,2% de las emisiones globales de CO₂. ¿Y por qué? Porque los hospitales necesitan energía constante, fiable e ininterrumpida, las 24 horas del día, los 365 días del año. Un quirófano no puede apagarse porque ha dejado de hacer viento. Una UCI no puede funcionar «cuando haya sol». Un laboratorio de análisis no puede esperar a que la batería del parque solar se recargue.

Los equipos médicos desechables, las jeringuillas, los guantes, las mascarillas, los tubos, las bolsas de suero, los envases de medicamentos, las prótesis, los implantes… todo es plástico. Plástico derivado del petróleo. Solo durante la pandemia de COVID-19, el sistema sanitario mundial generó más de 8 millones de toneladas de residuos plásticos, el 73% correspondiente a equipos de protección individual. Y antes de que alguien diga «pues que usen alternativas biodegradables»: ¿cuáles? El plástico médico es estéril, ligero, barato y desechable. No existe un sustituto viable a escala. Ninguno.

Y aquí viene la estadística que nadie quiere escuchar, la que debería avergonzar a todos los ecologistas de salón: aproximadamente el 59% de los centros sanitarios en países de ingresos bajos y medios ni siquiera tienen acceso a electricidad fiable. Eso significa que hay hospitales en África, en el sudeste asiático, en Centroamérica, donde la gente muere porque no hay corriente eléctrica para mantener un respirador encendido. ¿Les vamos a decir que esperen a que les pongan paneles solares mientras sus pacientes mueren? ¿De verdad? ¿Esa es la solidaridad del primer mundo?

La comida en tu mesa

La revolución agrícola moderna —la que evitó que las predicciones malthusianas de hambruna global se cumplieran, la que impidió que la bomba demográfica explotara— se construyó sobre combustibles fósiles. Toda ella.

Los tractores que aran. Los camiones que transportan. Los sistemas de refrigeración que conservan. Los fertilizantes que multiplican la producción. Los pesticidas que protegen las cosechas. Los invernaderos que extienden las temporadas. Los aviones que distribuyen semillas y tratamientos. Todo, absolutamente todo, funciona directa o indirectamente con derivados del petróleo, carbón o gas natural.

En todas las civilizaciones agrarias anteriores a los combustibles fósiles, el 75% de la población tenía que trabajar la tierra para que el otro 25% pudiera dedicarse a cualquier otra cosa: ser artesano, ser soldado, ser comerciante, ser sacerdote. Hoy, en los países desarrollados, menos del 3% de la población trabaja en agricultura y alimenta al resto. Tres de cada cien personas producen comida para las otras noventa y siete.

Eso no lo hicieron los aerogeneradores. Eso no lo hizo la energía solar. Lo hizo el diésel, el gas natural y los derivados del petróleo. Negar esto no es ecologismo: es analfabetismo histórico.

El ecologista que viaja en avión

Hay pocas cosas más hipócritas en este mundo que un activista medioambiental que viaja en avión a una cumbre del clima para decirte que dejes de usar tu coche. Y sin embargo, pasa cada año. Cada maldito año.

Las cumbres del clima generan miles de toneladas de emisiones de CO₂ solo en desplazamientos. Los mismos que nos piden que reduzcamos nuestra huella de carbono tienen una huella de carbono personal que multiplica por diez la del ciudadano medio. Pero eso no importa, porque ellos están «luchando por el planeta». El fin justifica los medios. Como siempre.

El uso global de combustibles fósiles se multiplicó por catorce durante el siglo XX. No por capricho, no por codicia, no por ignorancia: por necesidad. Porque cada vez había más gente en el mundo y esa gente necesitaba comer, calentarse, moverse, curarse y construir. Y los combustibles fósiles eran —y siguen siendo— la forma más eficiente, fiable y asequible de conseguirlo.

¿Eso significa que no contaminan? No. Contaminan. ¿Significa que no debemos buscar alternativas? No. Debemos buscarlas. Pero una cosa es buscar alternativas con inteligencia y otra es demonizar la herramienta que construyó todo lo que tienes mientras la sigues usando.

La transición que nadie quiere hacer de verdad

Una transición energética seria reconoce varias verdades incómodas que ningún político te va a decir en campaña:

Primera: No puedes sustituir los combustibles fósiles de la noche a la mañana. Quien te diga lo contrario te está mintiendo o te está vendiendo algo. Probablemente las dos cosas.

Segunda: Las renovables son parte de la solución, no LA solución. En 2020, solo el 1,4% de la electricidad en países de bajo desarrollo humano provenía de renovables modernas. El 80% de la inversión en generación eléctrica en 2021 fue en fuentes de carbono cero, lo cual es esperanzador, pero el camino es largo, muy largo.

Tercera: La transición tiene un coste humano que nadie quiere asumir. Decirle a un país en desarrollo que no use carbón es fácil desde un piso con calefacción central en Europa. Decírselo a una familia en India que cocina con excrementos de vaca porque no tiene otra fuente de energía es otra cosa muy distinta.

Cuarta: Incluso las tecnologías «verdes» —paneles solares, aerogeneradores, coches eléctricos, baterías de litio— requieren acero, plásticos, cemento y minerales raros que se extraen y procesan usando… combustibles fósiles. La ironía es tan brutal que parece un chiste, pero no lo es.

Quinta: Las emisiones de NOx en Estados Unidos se han reducido prácticamente a la mitad desde 2011, pasando de 15 millones de toneladas cortas a 7,64 millones. ¿Sabes cómo se consiguió? Con normativas inteligentes Y con tecnología de combustión más limpia. No eliminando los combustibles fósiles, sino mejorándolos. Eso es lo que funciona. Eso es lo que nadie quiere contar.

El mensaje de fondo

Puedes odiar la contaminación. Deberías. Puedes exigir una transición energética más rápida. Deberías. Puedes invertir en renovables, apoyar la investigación en fusión nuclear, reducir tu consumo, usar transporte público, comprar local. Todo eso es legítimo, necesario y respetable.

Pero lo que no puedes hacer es escupir sobre los cimientos del edificio en el que vives y pretender que no se caiga.

Los combustibles fósiles te trajeron hasta aquí. Te dieron comida, salud, movilidad, calor, luz, comunicación, educación y la posibilidad de dedicarte a algo que no sea sobrevivir. Demonizarlos sin reconocer esto no es activismo medioambiental: es ignorancia con buena conciencia.

Y la ignorancia con buena conciencia es, quizá, la forma más peligrosa de ignorancia. Porque se disfraza de virtud. Porque te permite sentirte moralmente superior mientras usas exactamente aquello que condenas. Porque te convierte en un hipócrita que ni siquiera sabe que lo es.

La próxima vez que alguien publique desde su smartphone fabricado con plásticos derivados del petróleo, transportado en un camión diésel, almacenado en un centro de datos alimentado con gas natural, que hay que acabar con los combustibles fósiles mañana mismo, hazle tres preguntas:

¿Con qué se fabricó ese teléfono? ¿Con qué se transportó hasta la tienda donde lo compraste? ¿Con qué energía funciona el centro de datos que almacena tu publicación?

La conversación va a ser muy corta. O muy larga, si tiene la honestidad de reconocer la respuesta.


¿Te ha parecido incómodo? Bien. Las conversaciones cómodas no cambian nada. Pásalo, compártelo, discútelo. En Not Enough Cylinders no estamos aquí para decirte lo que quieres oír. Estamos aquí para decirte lo que necesitas saber.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio