BMW Z1

BMW Z1 (1989–1991)

BMW Z1: el roadster con puertas que se hunden y tecnología de laboratorio que BMW fabricó creyendo que nadie lo compraría

Hay proyectos en la historia de la industria del automóvil que no nacen para vender. Nacen para aprender. Para explorar tecnologías que todavía no tienen nombre, para patentar soluciones que quizás sean útiles algún día, para crear los departamentos de ingeniería y los equipos de diseño que más adelante producirán los coches que sí venden millones. El BMW Z1 fue, oficialmente, uno de esos proyectos.

El problema —o la fortuna, según se mire— es que resultó tan fascinante que la gente quería comprarlo. Y BMW acabó vendiendo 8.000 unidades de un coche que había sido diseñado para no venderse.

BMW Technik GmbH: el laboratorio de los sueños

El Z1 no salió de las líneas habituales de desarrollo de BMW. Nació en el seno de BMW Technik GmbH, una división especial creada con un mandato claro: experimentar sin restricciones. El coche fue concebido y desarrollado bajo la dirección de Ulrich Bez y diseñado por Harm Lagaay, con un equipo de apenas 60 personas. Su primer prototipo rodante fue completado en un año, y cuando la dirección de BMW lo vio, tomó la decisión inmediata de llevar el proyecto a producción. No porque creyeran que sería un éxito comercial. Sino porque el coche era demasiado extraordinario para quedarse en el cajón.

La «Z» del nombre provenía de Zukunft, la palabra alemana para «futuro». La misma letra que usaría BMW décadas después para el Z3, el Z4 y el Z8. El Z1 fue el primero, el prototipo de toda una familia de ideas.

Las puertas que se hunden: el truco más famoso del Z1

La característica más llamativa del BMW Z1 son sus puertas verticales deslizantes, que en lugar de abrirse hacia fuera o hacia arriba, se retractan hacia abajo, sumergiéndose en los umbrales sobredimensionados de la carrocería. El mecanismo era eléctrico, aunque con posibilidad de accionamiento manual en caso de emergencia. Las puertas tardaban unos 4,5 segundos en abrirse completamente y 6,5 segundos en cerrarse. Las ventanillas se retraían automáticamente cuando las puertas bajaban.

La inspiración conceptual venía de los roadsters tradicionales con puertas desmontables o de cuero, pero la solución técnica era completamente nueva. Lo más interesante, desde el punto de vista de seguridad activa, es que el umbral sobredimensionado que alojaaba la puerta funcionaba como un elemento estructural de protección lateral independiente. Es decir: se podía circular legalmente con las puertas bajadas porque el umbral por sí solo ofrecía la protección lateral necesaria. En varios países europeos, esto era perfectamente legal. En Estados Unidos, no.

Esta particularidad contribuyó a que el Z1 nunca fuera homologado para el mercado norteamericano —junto con el coste del proceso de certificación para tan pocas unidades—, lo que explica su absoluta rareza en América del Norte.

Una estructura de innovación que BMW usó durante décadas

Las puertas son lo más visible, pero la arquitectura del Z1 era revolucionaria en varios frentes simultáneos. El chasis era un monocasco de acero que había sido sometido a un proceso de galvanizado por inmersión en zinc fundido que aumentaba la rigidez de las uniones en un 25%. La carrocería exterior —capó, maletero, paneles laterales y puertas— estaba fabricada en paneles termoplásticos de inyección desarrollados por GE Xenoy, que podían ser desmontados y reemplazados individualmente. Esto significaba que, en teoría, el propietario podía cambiar el color del coche en un taller especializado simplemente sustituyendo los paneles exteriores.

El suelo era una bandeja de plástico reforzado con fibra de vidrio de solo 15 kg, unida y atornillada al chasis de acero. La combinación de estos materiales resultó en un coche excepcionalmente rígido para su época y sorprendentemente ligero: el peso en vacío era de aproximadamente 1.250 kg.

La suspensión trasera del Z1 fue otro avance técnico que merece mención especial. El eje trasero multibrasero específico —denominado internamente «eje Z»— fue desarrollado especialmente para el Z1 y más adelante fue adaptado y refinado para el BMW E36 de la Serie 3. Cada dueño de un BMW Serie 3 de los años 90 conducía, sin saberlo, un coche cuya suspensión trasera existía gracias al Z1.

El motor: compartido con el 325i y completamente funcional

Bajo el capó del Z1 no había ninguna sorpresa exótica. El motor era el M20B25, el mismo seis cilindros en línea de 2,5 litros y 12 válvulas que equipaba el BMW E30 325i. Montado en el Z1 con una inclinación de 20 grados para permitir una línea de capó más baja, producía 170 CV a 5.800 rpm y 222 Nm de par. La transmisión era una caja manual de cinco velocidades Getrag.

Las prestaciones eran adecuadas para la época y el segmento, no extraordinarias: velocidad máxima de 225 km/h y 0 a 100 km/h en torno a los 7,9 segundos. Pero el Z1 nunca pretendió ser un coche de performance extremo. Su objetivo era diferente: ofrecer una experiencia de conducción de roadster puro, conectada, sensorial, que compensara la modestia de los números con la calidad de la experiencia.

El chasis del Z1, con la suspensión «Z axle» trasera específica y la distribución de pesos 47/53 (delantera/trasera), era notablemente superior a sus prestaciones numéricas. Los periodistas de la época que lo probaron en circuito describían un comportamiento dinámico limpio, predecible y más equilibrado de lo que las cifras del motor permitían esperar.

Ocho mil unidades que hoy valen una fortuna

BMW planeó originalmente producir entre 4.000 y 5.000 unidades del Z1. La demanda fue muy superior a las expectativas y la producción se amplió hasta las 8.000 unidades exactas, fabricadas en Múnich a una cadencia de aproximadamente 20 coches por día, todas con conducción a la izquierda (nunca se fabricó una versión de conducción a la derecha). La producción comenzó en 1989 y terminó en junio de 1991.

El precio de lanzamiento en Alemania era de aproximadamente 83.000 marcos alemanes, una cifra considerable para un roadster de 170 CV. Muchos compradores adquirieron el Z1 como inversión, guardándolo directamente en el garaje sin apenas rodarlo. Esto explica que hoy existan muchos Z1 con kilometrajes ridículamente bajos para su edad.

En el mercado actual europeo, los ejemplares en buen estado se cotizan entre 45.000 y 70.000 euros, con los más exclusivos —kilómetros muy bajos, primera mano, colores especiales— superando puntualmente los 100.000 euros. Una apreciación considerable para un coche que cuando se fabricó muchos consideraban una curiosidad de laboratorio.

El legado: todo lo que el Z1 enseñó a BMW

El Z1 no fue un éxito de ventas masivo. Pero cumplió su función original con creces. Las patentes generadas durante su desarrollo —lámparas de descarga de alta intensidad, barras estabilizadoras integradas, el mecanismo de las puertas, la bandeja inferior termoplástica— sentaron las bases para tecnologías que BMW utilizaría en sus modelos de producción masiva durante la siguiente década. La suspensión trasera «Z axle» pasó al E36. Los materiales termoplásticos informaron el desarrollo del BMW i3 décadas después.

Y, por supuesto, la familia Z —Z3, Z4, Z8— no habría existido sin el Z1 para demostrar que BMW podía construir roadsters con personalidad propia.

Conclusión (con la verdad por delante)

El BMW Z1 es uno de esos coches que la industria produce cada veinte o treinta años, cuando alguien en la dirección tiene el valor de decir: «Vamos a construir algo sin saber exactamente para qué sirve, solo para ver qué aprendemos». El resultado fue un roadster técnicamente extraordinario, visualmente único y comercialmente arriesgado que se convirtió en un clásico por méritos propios.

El problema es que la industria no aprende la lección. Los laboratorios de ideas existen en muchas marcas, pero los coches que producen raramente llegan a la calle. BMW tuvo el valor de fabricar el Z1 cuando nadie lo pedía. Eso hoy sería impensable en un sector obsesionado con estudios de mercado y análisis de rentabilidad. Y eso, lamentablemente, empobrece el mundo del automóvil.

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