AIRBIQUITY (KARMA)

Karma No Fabrica Coches: Por Qué Compró una Empresa de Software de 27 Años Antes de Su Primer Eléctrico

Representación conceptual de la arquitectura de software definido por vehículo de Karma Automotive con conexión OTA cloud

Hay una frase que Marques McCammon repite cada vez que alguien le pregunta qué es Karma Automotive. No dice «somos un fabricante de coches eléctricos». No dice «competimos con Porsche» ni «queremos ser el próximo Tesla». Dice: «Somos una empresa de tecnología que fabrica vehículos de ultra-lujo.»

Y cuando entiendes quién es McCammon y qué fue lo primero que hizo como presidente de Karma, esa frase deja de sonar a eslogan y empieza a sonar a declaración de guerra.

El Tipo Que Dirigía el Software del Coche en Intel

McCammon no es un vendedor de coches ni un financiero con corbata. Es un ingeniero de producto con tres décadas en la industria — pasó por desarrollo de trenes de potencia en Chrysler, ayudó a crear el Dodge SRT-4, ocupó puestos ejecutivos en Saleen y en la startup eléctrica Aptera. Pero lo que importa para esta historia es lo que hizo después.

Entre 2014 y 2019, McCammon fue vicepresidente global de automoción y director general en Wind River, la subsidiaria de Intel que desarrolla el software de sistemas embebidos que corre dentro de las ECUs de los coches. Dirigía equipos globales de desarrollo de producto, ingeniería y estrategia para software automotriz conectado y autónomo.

Cuando Karma lo nombra presidente en abril de 2023, no contrata a un vendedor. Contrata al tipo que entiende que el futuro del automóvil se define en la nube, no bajo el capó.

Y su primer gran movimiento lo confirma.

100 Ordenadores, 5.000 Metros de Cable, 68 Kilos de Problema

Para entender por qué la primera gran decisión de McCammon fue comprar una empresa de software, tienes que entender un número: 100. Esa es la cantidad de ECUs — unidades de control electrónico — que lleva un coche de gama alta moderno. Cien pequeños ordenadores independientes, cada uno controlando una función: motor, frenos, airbags, climatización, infoentretenimiento, asistencia a la conducción, iluminación, dirección, gestión de batería.

Volvo, por poner un ejemplo documentado, usa un superconjunto de 120 ECUs para sus modelos. Ejecutan 100 millones de líneas de código fuente. Contienen 10 millones de sentencias condicionales y 3 millones de funciones. Para darte perspectiva: eso es más software del que lleva un Airbus A380 si le quitas el entretenimiento de cabina.

Y todo tiene que estar conectado. El arnés de cableado puede contener más de 1.500 cables con una longitud total de 5.000 metros y un peso que supera los 68 kilogramos. Solo en cables.

Ahora imagina que necesitas actualizar el software de diez de esas ECUs. Antes, eso significaba llevar el coche al taller, conectar un equipo de diagnóstico, actualizar manualmente, y rezar para que la nueva versión no entrara en conflicto con las otras 90 unidades del vehículo. Multiplica eso por miles de coches en 60 países con diferentes configuraciones.

La industria sabe que esto es insostenible. La migración ya está en marcha: de 100 ECUs independientes a 5-10 controladores de dominio potentes, o incluso una plataforma de computación central. Menos hardware, menos cableado, menos peso, menos puntos de fallo. Pero eso significa que el software se convierte en el producto real. El coche se convierte en una plataforma que ejecuta código — exactamente como tu teléfono, pero con cuatro ruedas y responsabilidad sobre tu vida.

Y gestionar esa transición a escala, con seguridad, sin dejar coches inutilizados en medio de una actualización — eso es exactamente lo que hacía Airbiquity.

27 Años Construyendo el Sistema Nervioso del Coche Conectado

Airbiquity no era una startup de Silicon Valley con un MVP en PowerPoint. Era una de las empresas pioneras en telemática automotriz del mundo, fundada en 1997 en Seattle. Cuando la industria todavía pensaba en coches como máquinas mecánicas con algo de electrónica, Airbiquity ya diseñaba la infraestructura para que los vehículos hablaran con la nube.

Su producto estrella era OTAmatic — una plataforma de gestión de software y datos over-the-air diseñada desde cero para automoción. No era un producto genérico de IoT adaptado al coche. Era software de grado automotriz capaz de gestionar la complejidad de actualizar decenas de ECUs en millones de vehículos simultáneamente.

Y hacía cosas que la mayoría de artículos sobre OTA simplemente ignoran. Orquestaba actualizaciones multi-ECU con políticas de dependencia, rollback y recuperación automática — si una actualización fallaba, el sistema revertía a la versión anterior sin dejar el coche inutilizado. Su Vehicle Configurator daba a los fabricantes visibilidad completa sobre qué versión exacta de hardware y software tenía cada vehículo de su flota, en cualquier momento, en cualquier mercado.

Y luego estaba la ciberseguridad — el aspecto que rara vez aparece en los titulares pero que puede destruir una empresa entera si falla. Actualizar el software de un coche no es como actualizar una app en tu teléfono. Si alguien intercepta o manipula una actualización, las consecuencias van desde el robo de datos personales hasta el control remoto de los frenos. Airbiquity implementó el framework Uptane, un estándar de seguridad para actualizaciones OTA vehiculares desarrollado originalmente con financiación del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Protege contra ataques de sustitución, reversión, mezcla de paquetes y servidores comprometidos. Es la base de la regulación UNECE WP.29 que exige a los fabricantes un sistema de gestión de ciberseguridad certificado para homologar vehículos nuevos en Europa.

Los inversores de Airbiquity incluían a Toyota Motor Company y Denso — no precisamente dos nombres que apuesten por empresas sin fundamento técnico. Su tecnología estaba desplegada en más de 60 países, dando servicio a los mayores OEMs del sector.

Y todo eso lleva cifras de mercado detrás que explican por qué McCammon se movió rápido. Las actualizaciones OTA para automoción mueven casi 6.000 millones de dólares en 2026, con un crecimiento del 19% anual. Se esperan más de 11.600 millones en 2030. Mercedes ya ofrece mejoras de aceleración como suscripción en el EQE y EQS. Rivian distribuye funciones de carga inteligente por aire. Stellantis reportó 94 millones de actualizaciones OTA solo en 2023. El coche ya no se vende una vez. Se vende continuamente. Y la plataforma que gestiona esas ventas continuas es el activo más valioso que puede tener un fabricante.

En febrero de 2024, Karma adquirió los activos tecnológicos, la propiedad intelectual, los contratos OEM existentes y el personal técnico clave de Airbiquity. No un concepto. No una patente. Un ecosistema operativo con más de dos décadas de madurez técnica.

Karma Connect y Karma Flash: La Doble Jugada

McCammon no compró Airbiquity para ponerla en una vitrina. La integró en el core de Karma bajo dos marcas que resumen toda la estrategia.

Karma Connect es la plataforma B2B. La tecnología de Airbiquity — OTAmatic, herramientas de desarrollo, gestión de datos, analítica — envuelta en los servicios de nube de Karma y ofrecida como producto a otros fabricantes y empresas de transporte. Karma no solo usa la tecnología para sus propios vehículos: la vende. El software sigue dando servicio a los contratos OEM que Karma asumió con la adquisición.

Karma Flash es la cara al cliente. El sistema OTA que permite a los propietarios recibir actualizaciones y mejoras sin pisar un taller. Es el modelo que Tesla popularizó — tu coche mejora después de comprarlo — pero sobre una base de software con 27 años de evolución y despliegue en 60 países, no sobre una plataforma construida internamente sin ese bagaje.

146 Coches. Y Está Contento.

McCammon vendió 146 coches en 2025. Y está contento.

Eso suena a fracaso si piensas como un fabricante de volumen. Pero Karma no es un fabricante de volumen. Cada uno de esos 146 coches es un nodo en una red de datos. Con 146 coches puedes validar la plataforma — cada actualización OTA, cada ciclo de diagnóstico remoto, cada interacción con la nube genera información real sobre cómo se comporta el sistema en manos de clientes reales, en condiciones reales. Con 1.000 puedes perfeccionarla. Con 5.000 puedes venderla a otros fabricantes como solución llave en mano.

Karma no vende coches. Vende el sistema operativo que los hace funcionar. Los 146 coches son el laboratorio.

Y pueden permitirse ese ritmo porque Karma es propiedad de Wanxiang Group, el conglomerado chino de energía limpia que fabrica componentes para la mitad de los vehículos producidos en Estados Unidos, emplea a más de 13.500 personas y opera en 26 estados. A123 Systems también forma parte del grupo. No es una startup quemando caja de inversores. Es una empresa con espalda industrial real y sin la inercia burocrática de un gran OEM.

Lo Que Falta y Lo Que Ya Está

Voy a ser directo contigo: el Kaveya aún no ha llegado. Las baterías de estado sólido de Factorial Energy aún no están en producción comercial. Karma Connect no ha demostrado resultados a escala con OEMs externos. No hay un «749 millas sin parar» que poner sobre la mesa como prueba irrefutable. Este artículo no es una historia de resultados. Es una historia de piezas colocadas.

Pero las piezas son reales. Un presidente que viene de dirigir software automotriz en Intel durante cinco años. Una plataforma OTA con 27 años de despliegue en 60 países absorbida e integrada. Un stack de ciberseguridad con certificación Uptane que cumple los requisitos regulatorios europeos de homologación. Un acuerdo con Factorial Energy para equipar al Kaveya con las baterías de estado sólido más avanzadas del mercado. Y el respaldo industrial de Wanxiang Group, que no es exactamente un inversor ángel con un cheque y una palmadita en la espalda.

La pregunta que nadie se está haciendo en voz alta es si Karma puede ejecutar todo esto con menos de 200 empleados y un volumen de 146 coches al año. La respuesta sincera es que no lo sabemos. Lo que sabemos es que McCammon no necesita vender 200.000 unidades para demostrar la tesis. Necesita que el Kaveya funcione, que Karma Connect firme contratos B2B con otros fabricantes, y que la plataforma demuestre que puede escalar más allá del ecosistema Karma. Si eso pasa, la historia cambia de categoría.

Si lees nuestro artículo sobre Factorial Energy, entiendes por qué Karma eligió baterías de estado sólido. Si lees este, entiendes por qué compró una empresa de software antes de lanzar un solo eléctrico puro. Factorial le da la celda de energía del futuro. Airbiquity le da el sistema nervioso digital. Juntos, construyen algo que ningún otro fabricante de ultra-lujo tiene — al menos sobre el papel.

Cuando el Kaveya llegue en 2027 con baterías FEST y Karma Connect corriendo debajo, el producto final no será un supercoupé de mil caballos. Será la demostración de que un fabricante de California con menos de 200 empleados puede construir la arquitectura tecnológica que los gigantes llevan una década intentando montar.

O no lo será. Eso aún no lo sabemos. Pero la apuesta está hecha, las piezas están sobre la mesa, y McCammon lleva toda su carrera preparándose para esta partida. Si funciona, Karma no estará fabricando coches. Estará redefiniendo qué significa ser un fabricante de coches. Y si no funciona, al menos habrá intentado algo que nadie más se atrevió.


Comprueba que sigues vivo.

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