Rover P6 3500: el motor que Detroit tiró y un inglés convirtió en leyenda

rover p6 3500

Hay una imagen que resume esta historia entera. Un directivo británico, Bill Martin-Hurst, entra en el taller experimental de una empresa de motores marinos en Wisconsin. Ha viajado hasta Estados Unidos para venderle a Mercury Marine una turbina que Rover había desarrollado. Y entonces, tirado en el suelo de aquel taller, ve un motor. Un V8 de aluminio. Uno que General Motors había fabricado, montado en cientos de miles de coches y luego arrojado a la papelera de la historia por ser demasiado caro y demasiado problemático.

Martin-Hurst se agachó, lo miró, y calculó algo que iba a cambiar la historia del automóvil británico durante más de tres décadas. Aquel V8 de ocho cilindros pesaba casi lo mismo que el modesto cuatro cilindros que Rover montaba en su berlina. Casi. Doce libras más. Cinco kilos y medio.

Se lo llevó a Inglaterra. Y lo que era basura para Detroit se convirtió en uno de los mejores motores que ha tenido jamás un coche británico.

Un coche que ya era brillante antes del motor

Para entender el golpe hay que empezar por el coche, porque el Rover P6 era una pieza notable incluso antes de que le metieran el V8.

Cuando Rover lo presentó en 1963 como Rover 2000, era un borrón y cuenta nueva absoluto. Una hoja en blanco. Rover llevaba años haciendo berlinas serias, sólidas, para caballeros con sombrero, coches como el P4 al que el P6 venía a sustituir. El P6 era otra cosa. Era moderno de una forma que asustaba un poco. Tenía suspensión trasera De Dion, frenos de disco en las cuatro ruedas —los traseros montados hacia dentro, junto al diferencial— y una carrocería con una idea estructural tomada del Citroën DS: un esqueleto central que soportaba todos los esfuerzos, y sobre él, atornillados, paneles exteriores que no cargaban con nada. Podías desmontar la chapa sin tocar la estructura.

El detalle del De Dion era casi de joyería mecánica. El tubo que unía las ruedas traseras estaba dividido en dos partes que podían telescoparse y girar una respecto a otra, lo que evitaba tener que poner juntas deslizantes en los palieres. Ingeniería fina, pensada, que resolvía un problema con elegancia en lugar de fuerza bruta.

En 1964 el P6 ganó el primer premio European Car of the Year de la historia. El primero. El único pero que le pusieron los críticos fue que el motor de cuatro cilindros de 90 caballos, para semejante chasis, se quedaba un poco justo de refinamiento. El coche pedía a gritos algo mejor bajo el capó. El problema es que Rover no tenía nada mejor. Y desarrollar un motor nuevo desde cero cuesta una fortuna que Rover no tenía.

Ahí es donde entra el V8 tirado en el suelo de Wisconsin.

Por qué GM regaló una joya

El motor era el Buick 215, un V8 de aluminio de 3.528 centímetros cúbicos. GM lo había lanzado a principios de los sesenta para sus compactos —el Buick Special, el Oldsmobile— y sobre el papel era una maravilla. Ligero como pocos, apenas 144 kilos, capaz de dar hasta 200 caballos en la versión Buick más potente, e incluso 215 en la variante turbo «Jetfire» de Oldsmobile. Se vendió bien: Buick fabricó 376.799 coches con él en solo tres años, y Oldsmobile una cifra parecida.

Entonces, ¿por qué lo mató GM?

Porque el aluminio, en los años sesenta y a escala americana, era un dolor de cabeza. Fundir bloques de aluminio en masa salía caro. El motor sufría problemas de sellado de aceite y refrigerante. Y había un fallo casi cómico: los radiadores se obstruían porque el anticongelante que usaba la gente era incompatible con el aluminio y generaba porquería que taponaba el circuito. Para una industria que fabricaba millones de coches y necesitaba que todo fuera barato y a prueba de idiotas, aquel motor precioso era demasiado delicado. Tras 1963 GM cesó la producción del bloque de aluminio y se quedó con versiones de hierro, más pesadas pero más simples de fabricar.

Aquí está la diferencia de escala que lo explica todo, y conviene decirla sin adornos: GM fabricó en tres años más motores de aluminio de los que Rover construiría en toda su vida. Lo que para el gigante americano era un experimento fallido que no compensaba a escala de millones, para un fabricante pequeño y con las manos hábiles era exactamente la pieza que necesitaba. GM aceptó vender el utillaje en enero de 1965. El ingeniero de Buick Joe Turlay, ya jubilado, se mudó a Inglaterra como consultor para ayudar a Rover con la conversión.

Lo que Rover le hizo al motor

Rover no se limitó a copiar el motor: lo rehízo mejor. Cambió a un bloque fundido en arena con camisas de hierro prensadas, le puso un colector de admisión nuevo con dos carburadores SU. El resultado era algo más pesado que el Buick original —unos 170 kilos en seco frente a los 144— pero más fuerte, más robusto, hecho para durar.

Y aquí conviene ser preciso con una cosa que casi todo el mundo cuenta mal. El V8 no debutó en el P6. Debutó antes, en septiembre de 1967, en la berlina grande de Rover, el P5, rebautizado 3½ Litre. Allí daba 184 caballos brutos, nada menos que 50 más que el pesado seis cilindros que sustituía. El P6 3500 —el coche del que va este artículo— llegó en abril de 1968. Un año después de que Rover fuera comprada por Leyland, dueños de su rival Triumph, en el enredo de fusiones que acabaría pariendo el desastre de British Leyland.

El efecto sobre el P6 fue el de convertir una berlina deportiva y elegante en lo que se ha llamado un «hot rod de ejecutivo». La marca presumía de que el V8 de metal ligero pesaba prácticamente lo mismo que el cuatro cilindros del Rover 2000, así que el equilibrio del coche apenas se resentía mientras la potencia se disparaba. El 3500 alcanzaba 114 millas por hora —183 km/h— y hacía el 0 a 60 millas en 10,5 segundos. Para el mercado británico de la época, contra los rivales que competían en su mismo precio, eran cifras muy respetables. No era un superdeportivo; era una berlina de caballeros que de repente corría de verdad.

Hay un detalle que dice mucho del carácter de aquel motor: al principio el 3500 solo se ofrecía con caja automática. ¿La razón? Ninguna de las cajas manuales que Rover tenía en el catálogo aguantaba el par del V8. Tuvieron que recurrir a una automática Borg-Warner. El motorcito americano que Detroit consideraba demasiado flojo para sus estándares resultó demasiado bruto para las transmisiones inglesas.

Conviene poner esas prestaciones en su sitio, contra lo que ofrecía la competencia británica de finales de los sesenta, porque si no las cifras flotan en el vacío. El rival directo del P6 era el Triumph 2000, que montaba un seis cilindros de dos litros: refinado, suave, pero con menos de la mitad de los caballos del V8. El Jaguar de la época jugaba en otra liga de precio. Y las berlinas grandes de Rover y Ford que rondaban su horquilla eran, o más pesadas, o más lentas, o ambas cosas. El 3500 ofrecía algo raro en aquel mercado: la respetabilidad de una berlina de banquero con el empuje de algo mucho más caro. Por eso lo de «hot rod de ejecutivo» no es una frase hecha: describe exactamente el hueco que ocupó. Un coche discreto por fuera, de los que aparcabas en el club sin llamar la atención, que dejaba atrás a la mitad de la carretera en cuanto pisabas.

La vida eterna de un motor descartado

Aquí está lo que convierte esta historia en leyenda. Aquel V8 que GM dio por muerto en 1963 no solo sobrevivió: se volvió inmortal. Rover lo metió en el P5, en el P6, luego en su sucesor el SD1. En 1970 lo eligió para mover el primer Range Rover, y con eso el motor de Buick se convirtió en la banda sonora del todoterreno de lujo británico durante generaciones. De ahí saltó a los Land Rover militares, al MGB, y Rover lo vendió como corazón a un ejército de pequeños fabricantes: Morgan, TVR, Triumph, MG. En Gran Bretaña, el V8 Rover acabó siendo para los preparadores lo que el small-block Chevrolet es en América: el motor por defecto, el que metes cuando quieres caballos fiables sin arruinarte.

El bloque se estiró y creció con los años, del 3,5 original al 3,9, al 4,0 y más allá. Un diseño que GM había abandonado por poco rentable acabó teniendo una carrera de más de tres décadas al otro lado del Atlántico, empujando desde berlinas de ejecutivo hasta todoterrenos que cruzaban desiertos. La basura de uno fue el tesoro del otro, literalmente.

Y Martin-Hurst, una vez tuvo el motor en casa, ni siquiera se conformó con el uso civil. Convencido de que aquel V8 daba para mucho más, tanteó llevarlo a la competición. Llegó a preguntar a Jack Brabham —que por entonces usaba el mismo motor Buick, en forma Repco, para ganar mundiales de Fórmula 1— si le vendía una unidad de desguace, y Brabham declinó. Rover terminó recurriendo a la firma americana Traco, que llegó a montarle una versión «full house» de 350 caballos que se envió a Inglaterra para evaluación. Aquel bloque de aluminio descartado por demasiado delicado tenía, dentro, la capacidad de correr en la máxima categoría del automovilismo. Nadie en Detroit se molestó en descubrirlo.

Lo que desapareció y lo que solo cambió de dueño

Ojo con la nostalgia fácil, porque aquí hay capas. El Rover P6 se fabricó hasta 1977 y lo sustituyó el SD1. Rover como marca independiente ya había desaparecido dentro de Leyland en 1967, y de ahí al agujero negro de British Leyland, un naufragio industrial del que hablaremos otro día porque da para varios artículos. La marca Rover fue pasando de mano en mano durante décadas hasta apagarse del todo.

Pero el motor no. El motor siguió. Sobrevivió a Rover, sobrevivió a British Leyland, sobrevivió a casi todos los coches que lo llevaron. Un V8 que nació en Detroit, fue desechado por americano poco práctico, y acabó siendo lo más british que puedas imaginar: el rugido del Range Rover, la fuerza del TVR, el alma de mil hot rods ingleses. Desaparición física y documental no son lo mismo: GM canceló el motor, sí, pero el motor no murió. Solo cambió de pasaporte.

Lo que el P6 3500 nos enseña

A mí esta historia me fascina por lo que dice sobre el ingenio contra el músculo. General Motors era el fabricante más grande del mundo. Tenía recursos infinitos, ingenieros a espuertas, capacidad para fabricar cualquier cosa. Y descartó una joya porque a su escala descomunal no le salían las cuentas. Rover era minúsculo en comparación, casi artesanal, siempre corto de dinero y a punto de ser tragado por fusiones. Pero tenía algo que GM no podía tener: la necesidad y la libertad de aprovechar lo que el grande despreciaba.

El P6 3500 no es un coche importante por ser el más rápido ni el más bonito de su época. Es importante porque es la prueba de que a veces la mejor decisión de ingeniería no es inventar algo nuevo, sino saber ver el valor en lo que otro ha tirado a la basura. Martin-Hurst no diseñó aquel motor. Solo tuvo el ojo de agacharse a mirarlo tirado en el suelo de un taller de Wisconsin y la cabeza de calcular que cabía, que pesaba poco, y que un fabricante pequeño podía hacer con él lo que un gigante no se molestó en intentar.

Pregúntate una cosa la próxima vez que oigas rugir un Range Rover clásico o un TVR: ese sonido tan inglés, tan de aquí, nació en una fábrica de Buick y estuvo a punto de acabar en el desguace de la historia. Lo salvó un tío que supo mirar al suelo.

A veces el genio no está en crear. Está en saber ver.

Comprueba que sigues vivo.

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