Stirling Moss: el campeón que decidió no serlo

Hay una pregunta tramposa que sale siempre en cualquier barra donde se hable de coches: ¿quién es el mejor piloto de la historia que nunca ganó un mundial?
Y la respuesta es tramposa porque solo hay una. Stirling Moss. No hay debate. No hay segundo candidato. Cuando alguien quiere decir «este tío era buenísimo pero la suerte no le acompañó», dice el nombre de Moss como quien dice una ley física.
Pero quedarse ahí, en lo de la mala suerte, es no entender nada. Porque Moss no perdió su mundial por mala suerte. Lo perdió porque decidió que había cosas más importantes que ganarlo. Y esa, amigo mío, es una historia mucho mejor.

El número que no llegó
Vamos con los datos fríos primero, que luego viene lo bueno.
Moss corrió en Fórmula 1 entre 1951 y 1961. Ganó 16 grandes premios. Salió 16 veces desde la pole. Y fue subcampeón del mundo cuatro años seguidos: 1955, 1956, 1957 y 1958. Cuatro. Seguidos. Y luego tercero tres veces más. Estuvo arriba, peleando, década entera, y el título se le escapó una y otra vez.
Parte de la culpa la tiene un argentino. Los mejores años de Moss coincidieron con los de Juan Manuel Fangio, que ganó cinco mundiales y que para muchos sigue siendo el patrón oro de aquella época. Fueron compañeros en Mercedes en 1955, y ahí Moss aprendió a la sombra del maestro, al que admiraba profundamente. Tener delante a Fangio en tus mejores años es como salir a cantar justo después de que actúe el mejor cantante del mundo. Hagas lo que hagas, el listón ya está imposible.
Y aquí hay un matiz que mucha gente pasa por alto. En la Fórmula 1 de aquellos años, Moss tenía dos decisiones que le complicaban la vida a propósito. La primera, su empeño en correr para equipos británicos siempre que podía, por orgullo nacional, aunque eso significara coches a veces inferiores. La segunda, su preferencia por equipos privados frente a las grandes estructuras de fábrica. Moss anteponía el cómo al qué. Quería ganar a su manera, con los suyos, y eso tiene un precio en una disciplina donde el coche manda tanto como el piloto. Un Moss menos cabezota, menos fiel a sus principios, probablemente habría ganado dos o tres mundiales. Pero entonces no sería Moss.
Pero el 58 no fue cosa de Fangio. El 58 fue otra cosa. El 58 fue Moss contra sí mismo.

El gesto que costó un mundial
Temporada 1958. Moss corre para Vanwall. Gana cuatro carreras. Su rival por el título, el británico Mike Hawthorn, gana solo una. Una. Pásate eso por la cabeza un momento: un piloto gana cuatro veces, su rival una sola vez, y el que se lleva el campeonato es el que ganó una. Por un punto.
¿Cómo es posible? Por lo que pasó en el Gran Premio de Portugal.
Hawthorn se fue de pista en un trompo. Para volver a la carrera, hizo una maniobra que los comisarios consideraron ilegal, y lo descalificaron. Esa descalificación le habría quitado a Hawthorn los puntos justos para que Moss ganara el mundial. Lo tenía hecho. Solo tenía que callarse.
Y Moss no se calló. Moss, que lo había visto todo desde su coche, fue a los comisarios y declaró a favor de su rival. Explicó que Hawthorn no había hecho nada ilegal, que la maniobra fue correcta, que la descalificación era injusta. Los comisarios le hicieron caso. Readmitieron a Hawthorn. Y esos puntos, los que Moss había defendido con su propia boca, fueron exactamente los que le dieron a Hawthorn el título por un solo punto a final de año.
Léelo otra vez despacio. Moss entregó su único mundial de carrera defendiendo a su rival ante el tribunal que se lo iba a quitar. Y lo hizo sabiendo perfectamente lo que estaba en juego.
Eso no es mala suerte. Eso es carácter. Eso es un tío que tenía una idea de cómo había que comportarse en una pista y que la antepuso al mayor premio de su profesión. Y no fue un calentón ni un despiste. Fue una decisión tomada en frío, con los puntos delante, con el título al alcance de la mano. Cualquier otro habría mirado hacia otro lado. Habría dejado que los comisarios hicieran su trabajo y se habría llevado el campeonato a casa sin haber mentido siquiera, solo callando. Moss no pudo. Para él, ganar así no era ganar.

Por qué eso lo hace más grande, no menos
Aquí es donde la gente se divide. Hay quien piensa que Moss fue un tonto. Que en el deporte de élite ganar es ganar y lo demás son cuentos. Que si tu rival hace una maniobra ilegal, te callas y te llevas el título, que para eso has corrido todo el año.
Yo lo veo al revés. Y no es una postura romántica de barra, es lo que demuestra el paso del tiempo. Porque mira lo que ha pasado: Hawthorn ganó aquel mundial y casi nadie lo recuerda. Murió en un accidente de tráfico pocos meses después, ya retirado. Su nombre se ha ido apagando. Y Moss, el que no ganó, es el que sigue en boca de todos casi setenta años después. El que tiene la frase hecha. En el Reino Unido, durante décadas, cuando un policía paraba a un coche por exceso de velocidad, lo primero que decía era: «¿Quién te has creído que eres, Stirling Moss?». No decía Hawthorn. Decía Moss.
Ganar un título te mete en una lista. Comportarte como Moss se comportó en Portugal te mete en la memoria de la gente. Y la memoria dura más que las listas.
El propio Moss lo tenía clarísimo. Llegó a decir que esperaba que lo siguieran describiendo como el mejor piloto que nunca ganó el mundial, pero que en el fondo eso le daba igual. Lo que de verdad le importaba era haberse ganado el respeto de los demás pilotos. Y eso lo consiguió de sobra.

La Mille Miglia: el otro Moss
Para entender de qué pasta estaba hecho este hombre, hay que salir de la Fórmula 1 y mirar lo que hizo en mayo de 1955 en las carreteras de Italia.
La Mille Miglia eran mil millas por carreteras públicas italianas, abiertas, con casas, árboles, gente y barrancos. Sin barreras de seguridad. Sin nada. Una locura preciosa y mortal que hoy sería impensable. Y Moss la corrió con un copiloto que no era piloto: el periodista Denis Jenkinson.
Lo que hicieron esos dos cambió el automovilismo para siempre. Jenkinson se recorrió el trazado entero antes de la carrera y anotó cada curva, cada cambio de rasante, cada peligro, en un rollo de papel que iba pasando con una manivela dentro del coche. Le iba cantando a Moss lo que venía con señales acordadas, porque a 270 por hora no te oyes ni pensar. Eso, ese rollo con anotaciones, es el abuelo directo de las pace notes que usan hoy todos los pilotos de rally del mundo. Lo inventaron ellos dos, sobre la marcha, para sobrevivir a aquella barbaridad.
Y funcionó. Moss completó las mil millas a una media de casi 160 kilómetros por hora durante más de diez horas seguidas. Batió el récord de la prueba. Y le sacó casi media hora a Fangio, que iba en un coche idéntico. Media hora. En una carrera, a tu compañero de equipo, que además era el mejor del mundo. Esa actuación se considera una de las mejores conducciones de la historia del motor, sin matices, sin asteriscos. El mejor día de uno de los más grandes.
Por cierto, el número que llevaba aquel Mercedes 300 SLR era el 722, su hora de salida. El mismo 722 que medio siglo después Mercedes rescató para bautizar la versión más bestia del SLR McLaren. La leyenda de Moss es tan grande que sigue dando nombres a coches que él nunca llegó a conducir.
Y conviene no romantizar aquello sin avisar de lo que costaba. La época de Moss fue la más letal de la historia del automovilismo. No había cinturones que merecieran ese nombre, ni cascos integrales, ni barreras, ni zonas de escape, ni equipos médicos como los de ahora. Correr en los 50 era aceptar, carrera tras carrera, que podías no volver. Muchos de los rivales y amigos de Moss murieron en pista. Él mismo decía que el peligro era un ingrediente necesario, como la sal en la cocina. Cuando juzgas su gesto de Portugal o su conducción en la Mille Miglia, tienes que recordar que todo aquello se hacía jugándose la vida de verdad, no de boquilla. Eso le da otro peso a todo lo que hizo.

El final y la cuenta
La carrera de Moss se cortó de golpe en 1962, en Goodwood, con un accidente tremendo que estuvo a punto de matarlo y que lo dejó fuera de la competición profesional para siempre. Tenía solo 32 años. Estaba en plena forma. Se fue antes de tiempo, como casi todo en su historia.
Pero deja una cuenta que pone los pelos de punta: de las 375 carreras de competición que terminó en toda su vida, ganó 212. Más de una de cada dos. Corrió con 107 tipos distintos de coche. Monoplazas, sport, turismos, rallies, récords de velocidad. Lo que le pusieras delante, lo ganaba. Motor delante, motor detrás, daba igual. El coche era una herramienta y él sabía usar cualquiera.
Esa versatilidad es algo casi imposible de imaginar hoy. Los pilotos modernos se especializan en una categoría y ahí se quedan toda la carrera. Moss vivió en la época en la que un grande tenía que ganar en todo: el domingo un gran premio, la semana siguiente unas resistencia de sport, más adelante un rally por la nieve. Subió varias veces al podio en las 24 Horas de Le Mans, incluido un segundo puesto memorable en 1956, en una de las pruebas más duras del calendario, donde no basta con ser rápido sino que hay que cuidar el coche durante un día entero. Esa sensibilidad mecánica, ese saber cuándo apretar y cuándo perdonar la máquina, es otra de las cosas que lo separaban del montón.
Y aun con esos números, con esa versatilidad brutal, lo que define a Moss no es ninguna victoria. Es una derrota que eligió él mismo.
Por eso Moss es el mejor que nunca ganó un mundial. No porque le faltara talento ni porque le sobrara mala suerte. Sino porque entendió, antes y mejor que casi nadie, que hay formas de perder que valen más que ganar.
Y eso, en un deporte donde hoy se discute cada milímetro de pintura y cada reglamento, es una lección que escuece. Porque ya casi nadie correría como corrió Moss en Portugal. Y todos sabemos que el deporte era mejor cuando alguien lo hacía. El título se lo llevó otro. La historia se la quedó él. Y si tuvieras que apostar a cuál de las dos cosas dura más, ya sabes dónde poner el dinero.
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