Hoonicorn: el Mustang del 65 que hace donuts con 1.400 caballos a metanol

Coge un Ford Mustang Notchback de 1965. De acero. De los que tu abuelo veía pasar por delante del bar con las aletas tan abultadas que parecían pintadas a mano. Quítale por dentro absolutamente todo. Mete un chasis tubular nuevo de NASCAR fabricado en Charlotte. Atornilla un V8 Roush Yates de 410 pulgadas cúbicas. Súmale tracción total, dos diferenciales mecánicos con bloqueo, una caja Sadev secuencial de seis. Y luego, cuando ya tienes 845 caballos en las cuatro ruedas, decides que falta poco. Le pones dos turbos Garrett, lo pasas a metanol con dieciséis inyectores de mil cincuenta cc cada uno, le quitas el intercooler porque ya no lo necesitas, y lo llevas a 1.400 caballos.

Eso es el Hoonicorn.

Ningún reglamento contempla algo así. Ninguna categoría existente lo admitiría. Y exactamente por eso existe.

La idea original: un Mustang con tracción total

Hay que pararse aquí un momento. Porque el Hoonicorn empieza con una idea que cualquier mecánico viejo te diría que no se puede hacer. Un Mustang del 65 con tracción total. No te suena raro porque ya lo has visto cien veces en YouTube. Pero piénsalo desde el banco: estás cogiendo una carrocería de hace sesenta años, diseñada para llevar el motor delante y la tracción detrás, y le tienes que meter un palier delantero, un diferencial delantero, transferencia, geometría de suspensión que no estaba pensada para tirar y empujar a la vez, y todo dentro de una silueta que el público debe seguir reconociendo como Mustang del 65.

En 2012 Ken Block llamó a la puerta de RTR Vehicles, la empresa de Vaughn Gittin Jr., y le dijo lo que quería. Gittin escuchó. Después llamó a ASD Motorsports en Charlotte, North Carolina — los que fabrican chasis tubulares para NASCAR — y entre los tres equipos se pusieron a darle vueltas a una idea que sonaba a borrachera. Dos años de trabajo. El nombre lo dijo alguien en el taller: Hoonigan más Unicorn. Hoonicorn. Porque era un animal mítico que no existe. Hasta que existió.

Lo que queda del Mustang original

Te voy a contar qué hay del coche del 65 en el Hoonicorn. Porque importa.

Quedan los pilares A y los pilares C — esos son los que dan la silueta lateral que reconoces cuando lo ves pasar. Queda el techo. Quedan las puertas. Y queda la placa VIN, número de bastidor original, soldada en su sitio. Eso es todo. El resto es chasis tubular nuevo soldado pieza a pieza, roll cage integrado al chasis principal sin paneles intermedios, puntos de suspensión soldados directamente al tubo. La carrocería que ves por fuera son paneles de fibra de carbono fabricados por RTR. Guardabarros ensanchados, faldones, paragolpes, labio delantero, todo en carbono. La aleta trasera mide más que la de cualquier Mustang Boss 429 que haya pisado fábrica. Y la trompa delantera bombea aire al radiador y a los frenos por conductos que van por dentro del chasis tubular como si fuera una fórmula.

Esto es importante decirlo claro: el Hoonicorn no es un coche restaurado. No es un restomod. No es ni siquiera una réplica. Es un prototipo de competición vestido con la silueta del Mustang del 65. Lo que comparte con un Mustang real es lo justo para que tu cerebro lo reconozca. Por dentro es otra cosa.

Hoonicorn V1 durante el rodaje de Gymkhana 7 en las calles de Los Ángeles

Motor V1: aspirado, 845 caballos, gasolina de carreras

Cuando el Hoonicorn debutó en Gymkhana 7 — Los Ángeles, 2014, calles de Downtown cortadas, un coche apocalíptico arrancando por delante de skyscrapers — llevaba el motor en su configuración inicial.

Un Roush Yates de 410 pulgadas cúbicas. Eso son 6,7 litros para los que aún no hablamos americano fluido. La arquitectura viene del small-block Windsor de Ford, pero del bloque genérico ya queda casi nada. Internos forjados, árbol de levas solid-roller, válvulas y muelles de competición, ITBs — admisión por mariposas individuales, una por cilindro, sin colector común — y gestión electrónica diseñada a medida. 845 caballos en la rueda. 720 lb-ft. Aspirado. Gasolina de carreras.

Ese motor entrega así porque está hecho para entregar así. No es un V8 de calle hinchado. Es un motor de competición desde el primer segundo. Roush Yates es la empresa que construye motores para los Ford de NASCAR Cup desde hace veinte años, y los V6 EcoBoost que ganan Le Mans en el Ford GT son suyos también. Cuando Block llamó a Roush Yates, no llamó a un preparador. Llamó al fabricante.

Transmisión: la pieza que nadie ve y que sostiene todo

Aquí va la parte que solo entiendes si has metido las manos en una caja de cambios. La caja del Hoonicorn es una Sadev SC90-24. Sadev es una empresa francesa que hace transmisiones secuenciales para rally, hill climb y resistencia. La SC90 está homologada para soportar hasta 800 Nm de par — unos 590 lb-ft. El Hoonicorn V1, con su V8 aspirado, ya pasaba ese límite con sus 720 lb-ft. Y sin embargo aguantaba.

¿Por qué aguantaba? Porque cuando trabajas con materiales bien hechos, los márgenes de seguridad del fabricante son más que márgenes — son recomendaciones para uso continuado. En aplicación de competición con mantenimiento brutal, esos números se pueden estirar. Block los estiró. Y luego los estiró el doble.

La caja es secuencial de seis velocidades, con palanca de barrer adelante y atrás. Lleva integrado el sistema hidráulico del freno de mano dentro del propio embrague — esa es la magia que permite que cuando Block tira del freno de mano, no solo se bloqueen las ruedas traseras, sino que la caja se desacople un instante y el coche pivote sobre el eje delantero como un dron. Eso no lo puedes hacer con un freno de mano de coche de calle. Esa solución viene del rally puro y duro.

Diferencial delantero, central y trasero, todos Sadev, todos mecánicos con bloqueo. Sin torque vectoring electrónico. Sin control de tracción. Cuando el Hoonicorn está sobre las cuatro ruedas haciendo donuts, eso no es electrónica. Es mecánica de rally pura interpretada por un piloto que sabe lo que tiene en las manos.

Hoonicorn RTR V2 de Ken Block en Pikes Peak durante el rodaje de Climbkhana 2017

Motor V2: Pikes Peak, metanol y el doble de potencia

En 2016, Block decidió subir el Hoonicorn al Pikes Peak. Y aquí pasa una cosa que la mayoría de gente no entiende: a 4.300 metros de altitud, un motor atmosférico pierde alrededor del 30% de potencia. Eso es física básica. Menos densidad de aire, menos oxígeno por carrera del pistón, menos quemado, menos potencia. Si subes el Hoonicorn V1 con sus 845 caballos al Pikes Peak, llegas arriba con menos de 600. Y para batir tiempos no llega.

Solución: turbos. Pero no un turbito tímido. Dos Garrett GTX3584RS soplando más de 20 psi al colector. Boost obligado. El motor de aspirado pasa a sobrealimentado en serio. Pero si soplas tanto aire a un V8 de 6,7 litros con compresión de aspirado, te lo cargas en dos vueltas por detonación. Solución: cambiar el combustible.

Metanol. Alcohol metílico. Lo que usan los dragsters, lo que usan los sprint cars, lo que se usaba en Indy hasta hace poco. El metanol tiene tres ventajas sobre la gasolina cuando hablas de motor sobrealimentado: octanaje altísimo, capacidad de enfriamiento por evaporación brutal, y entrega más densidad energética por carga estequiométrica. La consecuencia práctica es que puedes subir el boost a niveles ridículos sin detonación.

¿La pega? Que necesitas mucho más combustible. El metanol estequiométrico se quema a una mezcla aproximada de 6,5:1, frente a 14,7:1 de la gasolina. Eso es más del doble de combustible inyectado por carrera. Por eso el Hoonicorn V2 lleva dieciséis inyectores de mil cincuenta cc cada uno. Dieciséis. No ocho. Dos por cilindro. Es el único modo de meter caudal suficiente sin que falten miligramos cuando el motor pide todo.

Y se prescindió del intercooler. Porque el metanol enfría la carga de admisión por sí solo durante la evaporación dentro del cilindro. Lo que en un motor de gasolina hace el intercooler — bajar la temperatura del aire comprimido por el turbo antes de entrar al motor — en el Hoonicorn V2 lo hace el propio combustible al evaporarse. Resultado: turbos colocados directamente sobre el motor, sin tubería intermedia, sin intercambiador. Más compacto, más ligero, más respuesta.

Gestión electrónica MoTeC M150. Colector de admisión Switzer Dynamics, fabricado en impresión 3D porque la geometría es tan complicada que no se puede mecanizar. Resultado: 1.400 caballos. 1.250 lb-ft. 1.695 Nm de par. Más del doble que el V1 con el mismo bloque base.

Datos del bloque que importa entender

Estás añadiendo el doble de potencia y el doble de par al mismo motor. Al mismo bloque. Y aguanta. La razón es que el bloque Roush Yates está diseñado para 900-1.000 caballos en aspirado de NASCAR durante 500 millas a 9.000 rpm sostenidas. Cuando lo sobrealimentas, la presión de combustión sube, sí. Pero el motor está construido con tantos márgenes que aguanta.

La caja Sadev — la misma SC90-24 del V1, sin tocar — pasa a soportar 1.250 lb-ft. Eso es más del doble de lo que el fabricante homologa. ¿Cómo? Mantenimiento. Cada salida del Hoonicorn implica abrir y revisar piezas. No hay 50.000 km en este coche. Hay 50 minutos de trabajo y luego al banco. Es lo que hace cualquier mecánico que ha pasado tiempo en endurance: las cajas aguantan si las cuidas. El Hoonicorn V2 las cuida.

El metanol que se come el aceite

Ahora viene la trampa. La que no sale en los vídeos.

Si has trabajado con motores de metanol sabes lo que voy a contar. Si no, atento. El metanol enfría la carga de admisión por evaporación dentro del cilindro — esa es la ventaja. Pero esa misma evaporación tan eficiente tiene un efecto colateral muy concreto: el metanol líquido entra en el cilindro mezclado con el aire, y en ese trayecto desde la inyección hasta la combustión, lava la fina capa de aceite que cubre las paredes del cilindro. Lavada literal. Como si pasaras un trapo mojado por la pared.

Eso en una sesión corta no se nota. El motor recupera la película de aceite entre carrera y carrera porque el cárter sigue empujando lubricante hacia arriba. Pero en sesiones largas y a régimen sostenido — léase Pikes Peak con su subida de quince minutos a fondo — la película no se recupera al ritmo que se la llevan por delante. El motor empieza a perder lubricación localizada en zonas concretas del cilindro. Al principio no falla nada. Solo se desgasta más rápido. Después, si insistes, la cosa va a peor.

Eso lo descubrieron sobre la marcha con el Hoonicorn V2. La solución exigió cambios en la calibración del aceite, revisión completa del motor después de cada subida grande, e ingeniería más fina en la cantidad y el momento exacto de inyección del combustible para minimizar el lavado. Ese tipo de detalle no sale en los vídeos. Es el tipo de detalle que distingue un motor de prototipo de un motor de producción. Si lo conduces lo justo, aguanta. Si abusas, lo abres.

Lo digo claro porque importa: cualquiera puede meterle dos turbos a un V8 y tirar de gasolina hasta que pete. Hacer lo mismo con metanol y mantenerlo vivo durante años es otra liga. Eso es ingeniería, no garaje.

Climbkhana: 4.300 metros, 156 curvas, asfalto sobre roca

El Pikes Peak es lo que es. Diecinueve kilómetros y cuarto de subida. Pendiente media del 7%. 156 curvas. De salida a 2.860 metros, llegada a 4.302. Y desde 2011 está asfaltado entero. Eso quiere decir que cuando Block subió en 2017 con el Hoonicorn V2 ya no era el Pikes Peak de Walter Röhrl con grava por todas partes. Era pavimento.

¿Por qué importa? Porque el formato del Climbkhana no era una contrarreloj de carrera. Era una declaración. Block subió el Pikes Peak haciendo drift en cada curva. Tirando freno de mano. Liberando el coche entero al borde del precipicio. Eso, con una caja Sadev al doble de su par homologado, con un motor que aún se estaba calibrando, a 4.000 metros de altitud, sobre asfalto, es de los actos más cabezahueca que se han grabado en cámara. Y funcionó.

Las cifras que marean

Vale, cifras. Para que las tengas a mano.

Cero a cien millas por hora declarado: 1,8 segundos. Eso son 1,8 segundos para 160 km/h. Velocidad máxima teórica: 255 mph. Eso son 410 km/h teóricos. Aceleración tan violenta que la suspensión es una de las cosas más complicadas del coche, porque cuando entregas 1.400 caballos a las cuatro ruedas con neumáticos Toyo Proxes R888R 295/35/18 en configuración cuadrada — los cuatro iguales, cosa rara en cualquier coche que no sea de competición — la transferencia de peso es brutal y la geometría tiene que mantener los neumáticos bien apoyados.

La suspensión la diseñó ASD Motorsports con consultoría de Vaughn Gittin Jr. Configuración inboard, parecida a la de F1 e IndyCar — los amortiguadores y muelles van montados en posición horizontal dentro del chasis y conectados a los brazos por bieletas con efecto progresivo. Eso permite ajustes finísimos y mantiene la suspensión protegida de impactos exteriores. En un coche que va a hacer donuts contra trenes de mercancías, eso último importa.

Las ruedas, Fifteen52 Tarmac R43 forjadas en tres piezas, 18 pulgadas por 10,5 de ancho. Los neumáticos, Toyo Proxes R888R semislick. En cualquier otro coche serían demasiado. En el Hoonicorn son justos.

La trinidad del Hoonicorn frente a sus contemporáneos

Aquí va el ejercicio editorial que NEC pide siempre: contextualizar contra los rivales de la misma época.

En 2014, año del debut del V1, los coches más potentes que se podían comprar de fábrica eran el Bugatti Veyron Super Sport (1.200 CV) y el Koenigsegg One:1 (1.341 CV). El Hoonicorn V1 con 845 CV no jugaba ahí — pero ningún hypercar de 2014 tenía la versatilidad de hacer donuts en un parking, drag race contra un Lambo, y luego hacer una vuelta entera en gravel. Esa era la ventaja del Hoonicorn: no es el más potente. Es el más libre.

En 2016, año del V2, el Bugatti Chiron presentaba 1.500 CV y el Koenigsegg Regera, 1.500 con motor híbrido. El Hoonicorn V2 con 1.400 CV se metía en esa liga de potencia, pero con un detalle: pesa 1.360 kg. El Chiron pesa 1.995 kg. El Regera pesa 1.628 kg. El Hoonicorn tiene mejor relación peso-potencia que cualquier hypercar de su época. Y tracción total con tres diferenciales mecánicos. Y caja secuencial de rally.

¿Compite contra ellos? No. ¿Es comparable? Tampoco. ¿Sobreviviría una vuelta en Nürburgring contra un Chiron? Probablemente no — el Hoonicorn no tiene aerodinámica para alta velocidad mantenida. ¿Sobreviviría un Chiron a una sesión de drift de 30 minutos en un parking de cemento? Tampoco. Cada uno es lo que es. La gracia del Hoonicorn es que no es nada que ya existiera. Es una pregunta sin respuesta lanzada al aire en forma de coche.

Apariciones públicas: la cronología que importa

Para entender el viaje del Hoonicorn hay que ver el orden de los hitos. No es un coche que apareció en un vídeo y ya. Es una historia con tiempos.

Gymkhana 7 — Los Ángeles, 2014. El debut. Calles cortadas en Downtown Los Angeles, coches de policía falsos, helicópteros sobrevolando, edificios reales como decorado. Más de 100 millones de reproducciones acumuladas. Aquí el Hoonicorn aún era V1 — aspirado, 845 caballos, gasolina. La presentación oficial al mundo.

Top Gear — Londres, 2016. El salto a la BBC. Matt LeBlanc al volante de un Mustang del 65 estándar al lado del Hoonicorn. Block deslizando por las calles de Londres vacías al amanecer. La cara de LeBlanc cuando se baja del coche es lo más cerca que Top Gear ha estado nunca de pedir clemencia. Sigue siendo el V1.

Climbkhana — Pikes Peak, 2017. Aquí debuta el V2. Turbos, metanol, 1.400 caballos. La subida entera con drift en cada curva, sobre asfalto, a 4.300 metros de altitud. Esto es lo que mata al motor por dentro — la lubricación lavada por el metanol que ya hemos visto. Pero también es lo que define al coche como icono. El Climbkhana convirtió al Hoonicorn V2 en otra cosa.

Gymkhana 10 — Detroit, San Petersburgo, Tokio, Nashville, 2018. Una superproducción de cinco coches y cinco ciudades. El Hoonicorn V2 aparece haciendo lo suyo entre el Hoonitruck, el Cossie y otros. Es la última gran Gymkhana de la era Block-Ford. Y entre la calibración del motor y el ritmo de rodajes, el coche entra en su mejor momento mecánico — todo lo que aprendieron en Pikes Peak ya está aplicado.

Climbkhana 2 — Tianmen Mountain, China, 2019. Once kilómetros de subida con 99 curvas en escalera abriendo paso a una pagoda budista a 1.400 metros. Carretera asfaltada estrecha y con muros de piedra a centímetros del coche. Block enchufa el Hoonicorn V2 ahí, dos años después del primer Climbkhana, con el motor ya optimizado. El vídeo es uno de los más vistos del canal Hoonigan. Y narrativamente importa porque cierra la trilogía: el Hoonicorn V2 ya ha conquistado dos cumbres reales.

Hoonicorn vs The World — YouTube, 2020. El Hoonicorn contra retadores de toda categoría, en pista de aceleración. Once episodios. Pasaron por delante un McLaren Senna, dragsters, JDM extremos, donk de récord, GT-R modificados. Casi todos perdieron. El último, el Kimbo GT-R, fue el primero en romper la racha.

Drag race contra McLaren Senna. Cuarto de milla. El Hoonicorn gana la salida por aceleración pura. Coche de drift contra hypercar de circuito — tracción total y peso bajo (1.360 kg frente a 1.198 kg del Senna, pero el Senna es tracción trasera) le ganan a tracción trasera y aerodinámica en distancia corta. La pelea más larga ya sería otra cosa. Pero el cuarto de milla lo gana el Mustang del 65. Eso ya es leyenda.

Entre 2020 y enero 2021, mientras Block prepara la salida de Ford — todo apunta a que la marca quiere reducir gasto y reorientarse a Bronco y Mustang Mach-E, fuera del rallycross — el Hoonicorn da sus últimas vueltas oficiales. Block lo conducirá puntualmente después de la separación, en alguna ocasión negociada con Ford y con Lia al volante en parte. Pero el contrato exclusivo se cierra en enero de 2021. Y con ese cierre, también se cierra una era.

El destino: del archivo de Ford al Petersen Museum

En enero de 2021 Block y Ford rompieron oficialmente. Once años de relación terminados con un comunicado y un vídeo de despedida del CEO Jim Farley agradeciendo «10 great years of Hooning». El balance del partnership según el comunicado oficial: 19 victorias de carrera, 17 podios adicionales, 2 medallas de X Games, los primeros puntos de un americano en el Mundial de Rally para la marca, y más de mil millones de reproducciones acumuladas. No está mal para un señor que firmó pensando que iba a hacer dos vídeos.

El Hoonicorn era propiedad de Ford. Cuando se separaron, el coche se quedó con la marca. Block lo dijo en una entrevista posterior: «No tenía pensado volver a correr con el Hoonicorn desde que mi contrato con Ford expiró a finales de 2020, pero al mismo tiempo Lia se estaba tomando muy en serio el rally — los astros se alinearon para que esto pasara.» Esa frase es la confirmación de que Lia condujo el coche puntualmente bajo algún acuerdo entre Block y Ford. No era una venta. Era un préstamo.

Block muere el 2 de enero de 2023. Y aquí pasa algo importante: en algún momento entre esa fecha y febrero de 2025, los coches que pertenecían a Ford — el Hoonicorn V2, el Hoonitruck y el Cossie V2 — pasan al patrimonio de la familia Block. Los detalles del traspaso no son públicos. Lo que sí es público es el resultado.

El 15 de febrero de 2025 abrió en el Petersen Automotive Museum de Los Ángeles la exposición «People’s Champ: The Impact of Ken Block». El Hoonicorn V2 está allí expuesto. Junto al Hoonitruck. Junto al Cossie V2. La ficha oficial del Petersen acredita los coches como «Courtesy of the Block Family». Es decir, los coches ya no son de Ford — están en propiedad o cesión de la familia Block, y forman parte de una exposición permanente o de larga duración en uno de los museos del automóvil más respetados del mundo.

Ese es el dato concreto que cambia la historia. El Hoonicorn no está en un almacén de Ford olvidado. Está en una vitrina del Petersen, a la vista del público, en exposición pagada por entrada. Brian Scotto, cofundador de Hoonigan, ha hecho entrevistas en vídeo dentro de la exposición explicando el coche. Vaughn Gittin Jr. también. La inauguración fue una «Ken Block Week». Los visitantes pueden hacer fotos, recorrer los tres coches juntos, leer las fichas técnicas.

El Hoonicorn ya no se conduce. Pero ya no está oculto. Está donde tiene que estar: en un museo, contado por la gente que lo construyó, mirado por la gente que entró al motor por su culpa.

Hoonicorn V2 en las 99 curvas de Tianmen Mountain durante Climbkhana 2

La pregunta sin respuesta

El Hoonicorn es lo que pasa cuando alguien con dinero y obsesión decide que las reglas no aplican. Cuando ASD Motorsports te construye un chasis tubular, RTR Vehicles te diseña la carrocería, Roush Yates te entrega un V8 que ganaría NASCAR si lo dejaran, Garrett te calibra los turbos, Sadev te da la transmisión, MoTeC te programa la centralita, y todo eso dentro de un Mustang del 65 con tracción total — lo que sale es una pregunta abierta. ¿Hasta dónde se podía llegar? Nadie lo sabe. Nadie lo probó del todo. El coche está en un museo.

Y ahí radica la frustración. El Hoonicorn aún no había mostrado su techo. En cada salida nueva, el motor entregaba más. La caja aguantaba más. El piloto exprimía más. Pero el ecosistema entero — Block, Ford, Hoonigan — se rompió antes de saber cuál era el límite. Quedó un coche increíble en una vitrina del Petersen y un piloto que se mató en una moto de nieve. Esa es la realidad.

Si te paras a pensarlo desde el banco, todo el Hoonicorn cuenta una historia más grande que la del coche en sí. Cuenta la historia de lo que pasa cuando un piloto excéntrico con presupuesto consigue convencer a una marca legacy y a un puñado de proveedores de competición de que rompan todas las reglas. El resultado es un objeto que no debería existir. Pero existe. Y mientras lo veas hacer donuts en YouTube, sigue existiendo. Eso es lo bonito de los coches construidos sin reglamento. No envejecen como los demás. Se quedan congelados en su propia leyenda.

Comprueba que sigues vivo.

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