Volkswagen W12 Nardò: el superdeportivo que Piëch fabricó para validar un motor

Volkswagen W12 Nardò naranja perla 2001 con puertas de gaviota abiertas, vista frontal tres cuartos"

El truco más viejo del banco de pruebas es ponerle ruedas y carrocería bonita. Lo que parece un coche, en realidad es una excusa para meter un motor a tortura durante 24 horas seguidas. Y luego, cuando el motor sobrevive, el coche se aparca para siempre y el motor se va a una limusina.

Eso es lo que hizo Volkswagen entre 1997 y 2002 con el W12. Tres concepts. Un récord absoluto en Nardò. Cero unidades de calle. Y después, veintitrés años de producción del motor que aquel superdeportivo se inventó para validar.

Si pensabas que era un capricho fallido, no entendiste el plan.

El encargo: un superdeportivo con badge VW

Ferdinand Piëch era nieto de Ferdinand Porsche. Eso lo sabe cualquiera. Lo que se cuenta menos es lo que significaba que ese señor estuviera al mando de Volkswagen en los noventa. Significaba que el tipo que había firmado el Audi Quattro, que estaba comprando Lamborghini, Bentley y Bugatti en el mismo año (1998), y que se traía entre manos una opa hostil sobre Porsche, decidía un día que VW necesitaba un superdeportivo. Y nadie en Wolfsburg le iba a llevar la contraria.

En 1997 le pasó el encargo a Giorgetto Giugiaro. Italdesign. El hombre que había firmado el Golf Mk1, el Lotus Esprit, el Maserati Bora, el DeLorean. El brief eran tres líneas: motor central, motor de 12 cilindros en W (no en V, en W), y tracción Syncro a las cuatro ruedas. Lo de menos era que fuera bonito. Iba a serlo igual.

Seis meses después, en el Salón de Tokio, apareció el W12 Syncro. Amarillo Italdesign, puertas de gaviota, parabrisas que se extendía hasta el motor por el techo. Un motor de 5,6 litros, dos VR6 unidos sobre un mismo cigüeñal a 72 grados, atmosférico, 420 CV. Para 1997, eso era McLaren F1 territory en cifras y Italdesign territory en líneas. Y abajo del coche, el chasis Syncro. La presentación oficial dijo que el motor funcionaba. La presentación oficial no mintió.

La trampa estaba en el motor

Aquí es donde hay que parar y entender qué demonios es un W12 de Volkswagen. Porque la palabra «W» engaña.

Los W12 de verdad, los históricos —el Napier Lion de aviación, el W12 de Life Racing de F1 de 1990 que no llegaba a 470 CV cuando el resto del paddock hacía 700— eran tres bancadas de cuatro cilindros en forma de arco. Tres bancos. El W12 de Piëch no es eso. El W12 de Piëch son cuatro bancadas de tres cilindros. O dicho de otra forma: dos motores VR6 con sus respectivos ángulos internos cerradísimos de 15 grados, unidos sobre el mismo cigüeñal a 72 grados.

Lo que significa que técnicamente es más un «doble VR6» que un W de manual. Pero significa también algo muy importante para la ingeniería: el motor es más corto que un V8 atmosférico de 4,2 litros del mismo grupo. Eso es lo brutal. Doce cilindros, seis litros, y cabe donde no cabe un V8.

Aquí está el truco. Piëch no quería un motor cualquiera. Quería un motor que cupiera longitudinalmente delante del eje delantero de una berlina premium. Que cupiera en un SUV. Que cupiera en un Bentley sin pasarse de morro. Y el W12, gracias a esa configuración de doble VR6, cabía en sitios donde un V12 convencional jamás entraría. El Lamborghini Murciélago llevaba V12. Los buques insignia de VAG iban a llevar W12 porque era el único 12 que cabía bajo el capó de un coche con maletero.

El problema era convencer al mercado, a la junta directiva y al propio ingeniero jefe de que ese bloque raro funcionaba. Que aguantaba calor. Que aguantaba régimen. Que no se rompía a las cuatro horas.

Para eso necesitas un banco de pruebas. Uno muy grande. Uno con ruedas.

1998: el Roadster cambia el guion

Geneva 1998. Aparece el W12 Roadster. Rojo. Sin techo. Mismo motor de 5,6 litros. Y aquí pasa algo que parece un detalle estético y no lo es: el Roadster ya no es 4×4. Es propulsión trasera.

Eso es importante. VW estaba probando el motor en dos configuraciones de transmisión completamente distintas. Syncro AWD con el Coupé, RWD pura con el Roadster. Dos formas de gestionar 420 caballos y 530 Nm. Dos plataformas de validación distintas para el mismo bloque. Cualquiera que haya estado en un banco de pruebas industrial entiende lo que está pasando: están encontrándole los límites al motor en condiciones distintas antes de meterlo en producción.

La prensa de la época vio dos concepts bonitos. Lo que de verdad estaba pasando era una iteración técnica disimulada.

2001: el Nardò y la decisión de Piëch

Tokio 2001. Mismo salón donde había debutado el Syncro cuatro años antes. Aparece el W12 Coupé. Naranja perla. Y ahora la cosa va en serio.

Motor: 6,0 litros. Sigue siendo atmosférico. 591 CV a 7.000 rpm. 621 Nm. Caja manual secuencial de seis marchas (las versiones anteriores eran sequential auto). Cero híbrido, cero turbo, cero electrónica para tapar agujeros. Doce cilindros, doble árbol por bancada, 48 válvulas, inyección directa, y un escape que se oía a tres kilómetros.

Chasis monocasco, 4,55 metros de largo, 1,92 de ancho, 1,10 de alto. 1.200 kilos. Repartición 50:50. Suspensión por dobles trapecios delante y detrás. Spoiler trasero que sube solo a partir de 120 km/h. Doble puerta de gaviota. Capó trasero de cristal para ver el motor por encima del hombro.

Las cifras declaradas: 0-100 en 3,5 segundos, 357 km/h de vmax. Para 2001, eso era pelearse de tú a tú con un McLaren F1 que costaba diez veces más y que no era atmosférico (era V12 atmosférico, pero BMW, no doble VR6).

Pero el coche bonito de Tokio no era el final del plan. El final del plan era Nardò.

Nardò 14 octubre 2001: tres italianos y un récord que no le bastó a Piëch

Nardò Ring. Apulia, sur de Italia. Anillo circular peraltado de 12,5 kilómetros. Construido por Fiat en 1975 como pista de validación de altísima velocidad. Ahí es donde Volkswagen lleva el W12 en octubre de 2001. No la versión naranja de Tokio. Una versión negra, con llantas BBS doradas, preparada específicamente para el récord.

El plan es batir el récord absoluto de las 24 horas. Piëch está allí. En persona. A los 64 años. Mirando.

Los pilotos no son figurantes. Son tres italianos con currículum de peso. Mauro Baldi, de Reggio Emilia, ganador de Le Mans 1994 con un Porsche Dauer 962, campeón mundial de Sportscars 1990 con Sauber-Mercedes, 36 grandes premios de Fórmula 1, miembro del Triple Crown de la resistencia (Le Mans + Daytona + Sebring). El tipo, además, había ganado las 24 Horas de Daytona en febrero del mismo 2002 con el Dallara LMP-Judd de Doran. Emanuele Naspetti, expiloto de F1 con March y Jordan, italiano también, con experiencia profunda en GTs y sport prototipos. Y Giorgio Sanna, piloto de pruebas oficial de Lamborghini, el hombre que años después dirigiría toda la sección deportiva Squadra Corse de Sant’Agata.

Tres italianos. Uno con Le Mans, uno con experiencia F1, uno con conexión directa a Lamborghini. Esa elección no es casualidad. VW ya había comprado Lamborghini tres años antes. Sant’Agata estaba a una hora y media en coche de la fábrica de Italdesign donde se montó el W12. El grupo estaba moviendo recursos italianos en italiano, en suelo italiano, con coches que llevaban el badge alemán.

El equipo entra y sale del coche, rotando. 24 horas seguidas. Resultado: 7.085,7 kilómetros. Media: 295,238 km/h. Nueve récords mundiales caen. La prensa lo celebra. El coche es un éxito.

Piëch, no. Piëch quería romper la barrera de los 300 km/h de media. Y exige al equipo que vuelva.

Aquí está el detalle que retrata al personaje. Nueve récords mundiales no le valen. Quiere los 300 km/h. Y por debajo de eso no hay celebración. Esto era trabajar para él.

El banco de pruebas con el chasis de Murciélago

Aquí pasa algo poco contado y que merece párrafo propio. Entre octubre de 2001 y febrero de 2002, mientras el equipo del récord refinaba el coche, Volkswagen montó un motor W12 en un chasis de Lamborghini Murciélago y lo torturó durante semanas en pista. No era un prototipo de respaldo del Nardò. Era un banco de pruebas separado, paralelo, específicamente diseñado para meterle al motor las mismas condiciones de carga que iba a sufrir en Nardò, pero sobre un chasis ya producido y conocido. Probar el bloque desnudo, sin la incógnita del monocasco propio del W12.

Eso es lo que de verdad cuenta el plan. Piëch tenía Lamborghini en la mano. La usó. El Murciélago se acababa de presentar en 2001, su chasis tubular de acero con paneles de fibra de carbono era de los más rígidos del momento, y servía como caja de pruebas perfecta para someter el motor a régimen sostenido sin variables. El equipo italiano de Sant’Agata colaboró con los ingenieros de Wolfsburg en aquel banco de pruebas rodante. Lo que aprendieron sobre el motor en ese Murciélago experimental se fue al Nardò en febrero.

El Murciélago experimental con W12 nunca se exhibió, nunca se fotografió oficialmente, no aparece en ningún catálogo VAG ni Lamborghini. El grupo nunca quiso publicitarlo. Pero existió. Y validó lo que iba a hacer Mauro Baldi y los suyos cuatro meses después.

23 febrero 2002: 322,891 km/h durante 24 horas

Cuatro meses después de la primera tentativa. Mismo anillo de Apulia. Mismo equipo de pilotos. El coche, ya conocido como W12 Nardò, llega afinado, con todo lo aprendido en el banco rodante del Murciélago integrado. El equipo entra y sale del coche cada 80 minutos para repostar, cambiar neumáticos y rotar pilotos.

Resultado: 7.740,576 kilómetros recorridos. Media: 322,891 km/h. Velocidad máxima registrada: 357 km/h. Siete récords mundiales absolutos. Doce récords internacionales de clase.

Volkswagen pasó a poseer nueve de los doce récords mundiales relativos a distancia y tiempo en la categoría. Los otros dos los seguía teniendo el ARVW (Aerodynamic Research VW) desde 1980, otro proyecto del propio grupo. Según la FIA, todos esos récords siguen vigentes a día de hoy.

El récord de velocidad media en 24 horas sigue sin batirse veinticuatro años después. Nadie lo ha tocado. Ni el Veyron, ni el Chiron, ni Koenigsegg, ni SSC, ni los nuevos hypercars eléctricos. El registro lo sigue teniendo aquel coche negro con llantas doradas y un W12 atmosférico de 591 caballos.

Lo que se siente desde dentro

Las cifras son una cosa. La sensación es otra. Y aquí lo cuento como me lo imagino desde el otro lado del taller, porque ningún piloto del récord ha dejado entrevistas largas públicas sobre el coche, pero las características técnicas mandan señales muy claras de qué tipo de bicho era.

Anillo peraltado significa que el coche, a velocidad de récord, está pegado a la pared exterior por la propia geometría del trazado. La banca de Nardò sube 12 metros desde el interior hasta el exterior en la zona del peralte máximo. A 322 km/h, las fuerzas G laterales aplastan al piloto contra el asiento sin que el coche tenga que girar conscientemente. Eso lo cambia todo. No estás conduciendo en línea recta. Estás conduciendo en una curva infinita.

Y luego está el sonido. Un W12 atmosférico de 6 litros girando entre 5.500 y 7.000 rpm durante 80 minutos seguidos, sin pausa, sin levantar el pie. No es el grito agudo de un V12 italiano. Es algo más denso. Más profundo. Más industrial. La cámara de motor del Nardò está justo detrás de los hombros del piloto, separada solo por una luna de cristal y unos centímetros de aluminio. El sonido te entra por la base del cráneo. Veinticuatro horas de eso.

El habitáculo es estrecho. Asientos baquet de cuero y ante. Volante reducido inspirado en F1 con elementos de aluminio anodizados rojos. Sin levas. Levas no había, había una palanca de cambio manual secuencial en el centro de la consola. El conductor del récord cambiaba marchas con la mano derecha durante 24 horas seguidas. Eso ya cansa solo de imaginarlo.

Pero lo más exigente no es la velocidad. Es el aburrimiento. Es la concentración monótona durante 80 minutos a 320 km/h sin nada que ver más que el peralte gris pasando bajo ruedas y la línea del horizonte de Apulia. Cualquier piloto de resistencia te dice lo mismo: las 24 horas no se ganan corriendo, se ganan no perdiendo. No cometer un error. No bajar el ritmo. No quedarse dormido a las cuatro de la mañana cuando llevas 12 horas alternando con tus compañeros.

Por eso eligieron a Baldi. Por eso eligieron a Naspetti. Por eso eligieron a Sanna. No para correr rápido. Para no fallar durante un día y una noche enteros a 322 km/h de media. Lo consiguieron.

Y aquí viene la parte que nadie cuenta bien. Después de aquello, el coche desapareció. No se fabricó. No se vendió. No hubo Volkswagen W12 GT en concesionario. El concept más rápido jamás construido bajo bandera VW se aparcó en el museo de Wolfsburg y se quedó allí.

Por qué Piëch no lo fabricó

Hay dos respuestas, y ambas son verdad.

La primera, la oficial: VW había comprado en 1998 Lamborghini, Bentley y Bugatti. ¿Quién compra un superdeportivo con badge VW cuando puedes comprar un Murciélago, un Continental GT o esperar a un Veyron? El badge no daba. El Phaeton se lanzó el mismo año que el récord de Nardò, era una berlina técnicamente cojonuda, Piëch había exigido que mantuviera 240 km/h indefinidamente con el aire acondicionado al máximo, y se vendió fatal. Quien podía pagarse un Phaeton se compraba un BMW Serie 7. El logo de VW pesaba demasiado.

La segunda, la que de verdad importa: el coche nunca había sido el objetivo. El motor sí. Y el motor ya estaba listo.

El mismo año del primer récord (2001), el Audi A8 D2 estrenaba la versión atmosférica del 6.0 W12, 420 CV. Primer coche de producción del grupo con W12 a bordo. El motor del Nardò en serie, en un sedán.

En 2003, el Bentley Continental GT estrenaba la versión biturbo del mismo W12 con 552 CV. El motor del Nardò, con dos turbos, en un GT británico. Y arrasó comercialmente. Convirtió a Bentley en marca rentable después de décadas perdiendo dinero. Salvó la fábrica de Crewe.

Después: Volkswagen Phaeton W12 (2004-2011), Volkswagen Touareg W12 (2005-2010), Audi A8L W12 (hasta 2018), Bentley Flying Spur W12 (2005-2024), Bentley Bentayga W12 (2015-2024), Spyker C12 La Turbie (2006), Spyker C12 Zagato (2008). El W12 estuvo en producción hasta abril de 2024.

Veintitrés años en producción. Más de 100.000 unidades fabricadas solo por Bentley. El último Continental GT con W12 (Speed, 2024) sacaba 659 CV. El último Batur, 740 CV. El mismo bloque arquitectónico que el Nardò validó en aquella curva peraltada de Apulia.

Y luego está el W16 del Veyron. Cuatro turbos, ocho litros, 1.001 CV. La extensión lógica de la arquitectura del W12: añadirle dos cilindros más y dos turbos más. El bloque que definió la ingeniería automovilística de los 2000.

Todo eso, todo, sale del Nardò. El coche que nunca se vendió.

Lo que veo desde el taller

Cuando montas piezas todo el día, aprendes a mirar los coches de una manera. No miras el morro. Miras el chasis, el subbastidor, los puntos de anclaje, la repartición de pesos, dónde van los radiadores, cómo está pensado el flujo de aire al motor. Y miras también cómo se ha tomado una decisión técnica: si tiene sentido o si es marketing.

El W12 Nardò es ingeniería pura. Cada decisión tiene un porqué industrial.

Motor central trasero longitudinal: para repartición 50:50 y para que el W12 quepa en un coche bajo de 1,10 metros de alto sin chocar con el techo. Doble VR6 a 72°: para que el bloque sea más corto que un V8 atmosférico y se pueda meter luego en una berlina de cuatro puertas como el Phaeton sin tener que rediseñar el frontal. Atmosférico: porque para validar la fiabilidad del bloque base no se le mete un turbo encima, eso viene después con Bentley. Manual secuencial: porque las cajas automáticas del grupo en 2001 no aguantaban 591 CV en condiciones de circuito (todavía no había DSG). Chasis monocasco de 1.200 kilos: para que el motor sufriera todo lo posible en el récord, sin un coche pesado que le hiciera de almohadón térmico.

24 horas a 322 km/h de media no es marketing. Eso es un motor sometido a temperaturas, presiones de aceite y fatiga térmica brutales durante un día entero. Si el bloque se hubiera roto, no había Phaeton W12, no había Continental GT, no había Bentayga. Toda la estrategia del grupo de los 2000 dependía de que aquel motor naranja aguantara.

Aguantó. Y la decisión de no fabricar el Nardò no fue derrota. Fue salir del banco de pruebas con el resultado en la mano.

El último W12

Bentley retiró el W12 en abril de 2024. Citaron emisiones y la transición eléctrica. Tiene sentido. Lo que tuvo entrada en 1997 con un coche amarillo en Tokio y salida en 2024 con un Batur de 740 CV no se va a repetir.

Ferdinand Piëch murió en 2019. No vio el final de su motor. Pero vivió suficiente para ver cómo el bloque que se inventó para que cupiera en sitios imposibles acabó siendo el corazón de la marca más rentable que VW compró nunca.

El Volkswagen W12 Nardò sigue en el museo de Wolfsburg. Naranja. Pequeño. Sorprendentemente sobrio para lo que es. Quien lo ha visto en persona cuenta que parece más una herramienta que un coche. Y eso es exactamente lo que era.

Comprueba que sigues vivo.

Deja un comentario