Maserati MC20: un 10 en construcción con una espina clavada

Te subes. Cierras la mariposa. Aprietas el botón y el Nettuno despierta a un palmo de tu nuca. Y ahí, en ese primer segundo, te pasa algo raro: la cabeza te dice que estás dentro de una de las cosas mejor construidas que has tocado en tu vida, y las tripas te piden otra cosa.

Esa es la historia del MC20. No te la cuento desde una ficha técnica. Te la cuento desde el asiento.

Parece un juguete

Lo primero que me impactó fue de fuera, antes de subir. Lo pequeño que se ve. En foto el MC20 impone, parece un coche grande, ancho, agresivo. En persona es otra cosa: es bajo, es compacto, casi parece un juguete plantado en el suelo. Y eso, lejos de quitarle, le suma. Porque sabes lo que lleva dentro. Sabes los 621 caballos, sabes el chasis que firma Dallara, y aun así lo ves ahí, pequeño, contenido, sin sacar pecho. Los coches que esconden lo que valen siempre me han gustado más que los que lo gritan.

Te acercas a la puerta y ahí viene el segundo golpe. El acabado. Abres la mariposa y el remate de la fibra, los cantos, cómo está resuelto todo el contorno de la puerta… me flipó. Y mira que he visto piezas en mi vida. Treinta años montando te dejan el ojo entrenado para pillar la chapuza escondida bajo una capa de pintura bonita. Aquí no hay chapuza. Hay trabajo de verdad metido donde casi nadie mira.

Lo que es, antes de lo que sientes

El MC20 fue el coche con el que Maserati volvió a jugar fuerte. MC de Maserati Corse, 20 por 2020. Dieciséis años después del MC12, Módena soltó un superdeportivo de motor central diseñado y montado entero en casa, en la planta de Viale Ciro Menotti. El primero 100% hecho en Módena.

Por debajo lleva un monocasco de fibra de carbono. Y aquí viene el primer dato que importa: ese chasis lo desarrollaron juntos el Maserati Innovation Lab y Dallara, y lo fabrica el especialista italiano Adler. No es marketing. Dallara es Dallara: la gente que construye coches de carreras de verdad, los que corren en medio mundo. Cuando una marca te dice que su chasis lo firma Dallara, te está diciendo algo serio.

Hay una decisión de plataforma que me parece la más lista de todo el proyecto. El monocasco se pensó desde el primer trazo para tres coches: el coupé, el cabrio Cielo y el eléctrico Folgore. Misma arquitectura, misma geometría, distinta rigidez para cada uno. No es que Maserati hiciera un coche y luego lo recortara para los otros. Es que diseñó la base sabiendo que tenía que aguantar las tres vidas. El coupé buscaba ser lo más ligero posible. Y lo consigue: el MC20 pesa alrededor de 1.500 kilos. Para un superdeportivo de hoy, con todo lo que llevan encima, eso es contención de verdad.

La fibra permite formas que el metal estampado no deja hacer. Las puertas de mariposa son el ejemplo obvio, el que todo el mundo ve. Pero lo importante está donde no se ve: en la rigidez torsional, en cómo el coche se planta cuando lo cargas.

Maserati Corse

Hay que entender de dónde sale el nombre para entender el coche. MC es Maserati Corse. El 20, por 2020. No es un capricho de marketing: el MC20 marcaba el regreso del tridente a la competición tras años fuera, igual que el MC12 lo había hecho en su momento. El coche de calle es la punta visible de esa intención de volver a correr. Y eso explica muchas de sus decisiones: la obsesión con el peso, el chasis de pedigrí de pista, la aerodinámica trabajada en túnel antes que el adorno. No es un GT al que le pusieron músculo. Es un coche concebido con la carrera en la cabeza desde el primer boceto, y luego homologado para que puedas usarlo por todo el mundo.

Dentro

Una vez sentado, el coche te abraza. El asiento del MC20 lo desarrolló Sabelt, con una carcasa estructural de composite de altas prestaciones, el primer asiento Maserati hecho así, con ajustes eléctricos y lumbar. Suena a dato de folleto, pero se nota en cuanto pones el cuerpo: te sujeta sin estrangularte, esa frontera fina que solo pillan los que saben de asientos de competición de verdad. La posición es baja, tumbada, con el túnel central alto a tu derecha y el volante limpio delante. No hay cien botones gritando. Hay lo justo. Para un coche que presume de pedigrí de pista, el sitio del conductor está pensado por alguien que ha estado en una.

El Nettuno: una bestia técnica

El corazón es el Nettuno. Un V6 de 3.0 litros biturbo, arquitectura a 90°, con la tecnología MTC de precámara de combustión patentada por Maserati. Tecnología que viene de la Fórmula 1 y que aquí baja a la calle. 621 caballos. 730 Nm disponibles desde las 3.000 hasta las 5.500 vueltas.

Sobre el papel es un monstruo. Y no exagero: la relación peso/potencia ronda los 5,3 kilos por caballo. El 0 a 100 baja de 2,9 segundos. Pasa de 320 km/h. Todo eso con un seis cilindros de tres litros. La ingeniería es difícil de discutir.

El Nettuno ya lo desmenucé en su día como tecnología, con la precámara, las dos bujías, el doble sistema de inyección. Si quieres entender por dentro cómo funciona esa cabeza, ahí lo tienes. Aquí no toca repetirlo. Aquí toca el coche.

El cold start

Y aquí va un matiz que me importa hacer bien, porque sería fácil ser injusto. El arranque en frío.

Aprietas el botón con el motor frío y el Nettuno tiene su momento. Un ronroneo grave, con cuerpo, que durante unos segundos te dice que ahí detrás hay algo serio. No voy a engañarte: suena bien. Tiene carácter en frío, tiene presencia. Aunque no sea el motor que a mí me gustaría, ese cold start se hace querer. Hay que reconocerlo, porque negarlo sería tan tramposo como exagerarlo.

El 10 que firmo

Y el coche, en construcción, es un 10. Lo digo después de treinta años montando piezas, distinguiendo lo que está bien hecho de lo que solo lo parece.

La fibra está bien hecha. El chasis se siente. La estética es brutal: ese morro, esas proporciones de motor central puro, la limpieza de las líneas. Más de 2.000 horas en el túnel de viento de Dallara para un Cx de 0,38 y un suelo trabajado al milímetro. Y aquí va un detalle que de banco se aprecia: el MC20 no lleva un alerón gigante gritando aerodinámica. Genera su carga por debajo, con el fondo plano y el efecto suelo, con generadores de vórtices delante y un difusor trabajado detrás. Toda la aerodinámica metida donde no molesta a la vista. Eso es elegancia de ingeniero, no de diseñador de pegatinas.

Maserati y Dallara se ganan el sobresaliente. Sin asterisco en esta parte. El MC20 es una obra de construcción soberbia, de las que te hacen pasar la mano por una pieza y asentir.

Los números, en su sitio

Conviene poner las cifras donde van, comparadas con lo que tenía enfrente, que es como se ven de verdad. El MC20 arrancó con un precio de partida sobre los 200.000 euros largos. No es barato, pero mira al lado: el Ferrari 296 GTB juega bastante por encima en lista, y el McLaren Artura ronda territorio parecido al Maserati o algo por encima según mercado. Por dinero, el MC20 era el más contenido de los tres referentes de su generación.

Y en peso la cosa está aún más apretada. El MC20 anda por los 1.500 kilos, el Artura se queda prácticamente en la misma cifra, apenas un par de kilos de diferencia entre uno y otro. Son coches calcados en báscula, con el matiz de que el McLaren mete batería e híbrido para llegar ahí y el Maserati lo consigue sin enchufe, solo con fibra y contención. Esa es la lectura de montador: el MC20 pesa lo mismo que un rival híbrido siendo de combustión pura. Para mí, ahí Módena saca pecho con razón.

La espina

Pero hay una espina. Y es el sonido a pleno gas.

El cold start tiene su punto, ya lo he dicho. Pero el Nettuno, cuando lo estiras, no se mete dentro. No te llena el oído ni las tripas como lo hace un atmosférico subiendo de vueltas. Reconoces la inteligencia que hay ahí metida… y aun así echas de menos algo. No es un V10 aspirado. Ni cerca.

Y aquí está lo que más escuece del asunto: no es culpa solo de Maserati. Es su generación entera. Mira a los rivales de su misma época. El Ferrari 296 GTB renunció al V8 por un V6 biturbo híbrido. El McLaren Artura, otro V6 biturbo híbrido. Los tres superdeportivos de referencia de ese momento tomaron la misma decisión: matar cilindros, meter turbos, a veces sumar un motor eléctrico. El atmosférico de muchas vueltas se quedó fuera del menú.

Y ojo a un detalle que confirma lo cerca que están: el MC20 da 621 caballos de su V6, el 296 GTB saca 654 de combustión de un V6 casi idéntico en cilindrada antes de sumar lo eléctrico. La misma receta, repetida marca por marca. El MC20 no es peor que sus rivales en esto. Es hijo de la misma época. Pero esa época me deja con hambre.

Lo compraría. Pero…

Y aquí va lo que de verdad pienso, sin rodeos: me lo compraría. El MC20 es deseable de cojones. El chasis, la fibra, la estética, lo bien hecho que está todo. Lo firmaría.

Pero si hubiera un V8 aspirado, un V10 o un V12 como opción, esa sería la elegida. Sin dudarlo.

No es un reproche al coche. Es lo contrario. Me gusta tanto que el único pero que le pongo es que me quiten lo que más me llena. Admiración con una espina dentro. Y la espina es atmosférica.

El recibimiento, y lo que me llevé

Esto lo viví porque me invitaron al concesionario de Astara Maserati en Madrid. Allí pude ver de cerca los Ineos, los Bentley y los Maserati, probar un Grecale y empaparme del ambiente de la casa. Me subí al MC20, lo arranqué, y sentí en directo todo lo que te acabo de contar.

Gracias a Astara Maserati Madrid por el recibimiento. Por abrir la puerta y dejar que uno que viene del banco de montaje, no del periódico, se siente dentro y saque sus propias conclusiones. Y la conclusión final no está en la ficha técnica. El MC20 me dejó con la espina atmosférica clavada, sí. Pero subido a él, arrancándolo, con esa bestia ronroneando detrás de mi nuca, estuve más vivo que nunca. Un coche que te hace sentir eso ya ha ganado, le falte el motor que le falte.

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