Motor atmosférico: cómo respira un motor sin turbo ni compresor

Motor atmosférico Chevrolet LT6 seccionado, con el colector de admisión y los conductos a la vista

Un motor no bebe gasolina. Traga aire. La gasolina es la parte fácil: cabe en un depósito, la mueve una bomba, entra por un inyector del tamaño de un boli. El aire es el problema de verdad, porque el aire no cabe en ningún sitio, pesa poquísimo y hay que meterlo dentro del cilindro a puñados, cientos de veces por segundo, aprovechando una ventana de tiempo que dura lo que un parpadeo. Todo lo que un motor de combustión hace bien o mal empieza aquí: en cuánto aire consigue tragar en cada respiración. El resto son consecuencias.

Esto abre una serie entera sobre sistemas de aspiración. Vamos a recorrer el turbo, el compresor volumétrico, las combinaciones de los dos, los caminos raros que la industria probó y abandonó. Pero antes de forzar a un motor a respirar a presión, hay que entender cómo respira cuando nadie le ayuda. Ese es el motor atmosférico, y entenderlo por dentro es la única forma de que todo lo que venga después tenga sentido. Porque el turbo no inventa nada nuevo: solo hace trampa sobre un proceso que ya existía. Y para saber en qué consiste la trampa, primero hay que conocer las reglas del juego limpio.

El cilindro es una jeringa que se llena sola

Imagina una jeringa de las de toda la vida. Tiras del émbolo y el líquido entra solo, sin que tú lo empujes. Entra porque al tirar del émbolo creas un vacío dentro, y la presión atmosférica de fuera empuja el líquido hacia dentro para rellenar ese hueco. No estás metiendo el líquido: estás quitando presión de un lado para que la presión del otro lado haga el trabajo.

Un cilindro atmosférico funciona exactamente igual. El pistón baja, agranda el volumen de la cámara y crea una depresión dentro del cilindro. La válvula de admisión está abierta. Y entonces la atmósfera —esa columna de aire de kilómetros de alto que tenemos encima y que pesa, aunque no la notemos— empuja aire hacia dentro del cilindro para rellenar el vacío. El motor no aspira en el sentido de succionar activamente. El motor hace hueco, y la presión atmosférica rellena ese hueco. De ahí el nombre: atmosférico. Quien mete el aire es la atmósfera, gratis, a una presión que a nivel del mar ronda un bar.

Esto tiene una consecuencia que es la clave de toda la serie: si quien empuja el aire es la atmósfera, y la atmósfera empuja siempre con la misma fuerza, el llenado del cilindro tiene una vara de medir natural, que es cuánto aire cabría dentro a esa presión atmosférica. Esa vara de medir tiene nombre, es el concepto más importante que vas a leer hoy, y conviene dejar claro desde ya que no es una pared infranqueable, sino una referencia: ahora veremos que un atmosférico bien hecho puede incluso pasarse de ella.

Rendimiento volumétrico: la nota del examen

Los ingenieros necesitaban una forma de medir cómo de bien traga un motor. La inventaron y la llamaron rendimiento volumétrico. Suena a jerga, pero la idea es de guardería: es comparar el aire que el motor mete de verdad con el aire que cabría en teoría si el cilindro se llenara del todo.

Pongamos un cilindro de un litro. Si en cada admisión entrara exactamente un litro de aire a presión atmosférica, el llenado sería del 100%: la referencia contra la que se compara todo. Pero el aire tiene que colarse por un filtro, recorrer un conducto, doblar esquinas, pasar por una mariposa, sortear una válvula, y hacer todo eso en milésimas de segundo. Cada obstáculo le cuesta una caída de presión, y menos presión en la puerta del cilindro significa menos aire dentro. El resultado es que, a plena carga, muchos motores atmosféricos de calle rondan valores orientativos del 80 al 90% según el régimen y el diseño. Y ojo, que aquí la carga lo es todo: en un gasolina, la mariposa es un grifo que estrangula el aire a propósito cuando no pisas a fondo, así que a media carga el llenado respecto al aire del ambiente puede ser muchísimo menor. El 80-90% es la foto de plena carga, no la de ir rodando tranquilo.

Colector de admisión de un Mazda MX-5 con sus cuatro conductos

Aquí está lo que casi nadie te explica bien, y es una regla de esta casa dejarlo claro: el rendimiento volumétrico se mide siempre contra una referencia, y esa referencia es la masa de aire que ocuparía la cilindrada bajo unas condiciones definidas de presión y temperatura. Según la norma o el fabricante, esas condiciones pueden ser las atmosféricas, las del colector de admisión o una condición normalizada de laboratorio. Por eso, cuando alguien te suelta un porcentaje de llenado sin decirte respecto a qué lo mide, desconfía. El número solo significa algo si sabes con qué lo estás comparando. Es como decir que alguien ha sacado un ocho sin aclarar si el examen era sobre diez o sobre veinte.

Y ahora la pregunta que lo cambia todo: ¿puede un motor atmosférico sacar más de un diez? ¿Puede meter más aire del que teóricamente cabe, sin turbo, sin compresor, sin ayuda de ninguna máquina? La respuesta es sí. Y el cómo es una de las cosas más bonitas de la ingeniería de motores.

La trampa legal: respirar al ritmo del aire

El aire que entra por el conducto de admisión pesa. Poco, pero pesa. Y todo lo que pesa, cuando se mueve, tiene inercia: le cuesta arrancar, pero una vez lanzado le cuesta parar. Piensa en una riada de agua bajando por una acequia estrecha. Cuando cierras la compuerta de golpe, el agua no se detiene en seco: se amontona contra la compuerta, sube de nivel, presiona. Se ha creado una pequeña sobrepresión justo detrás de la compuerta, hecha por pura inercia del agua que venía lanzada.

En el conducto de admisión pasa lo mismo. El aire viene lanzado hacia el cilindro a toda velocidad. Cuando la válvula de admisión se cierra, esa columna de aire en movimiento choca contra la válvula cerrada y se amontona, creando una sobrepresión. Y aquí viene la jugada maestra, con un detalle que casi toda la divulgación se salta: esa sobrepresión sale disparada de vuelta hacia arriba por el conducto y, al llegar al extremo abierto, se refleja cambiando de signo. Es decir, la onda de compresión que subía vuelve a bajar convertida en una onda de depresión, y al rebotar de nuevo vuelve a cambiar de signo. Así que por el tubo no viaja un empujón constante, sino un vaivén de pulsos de presión y de vacío yendo y viniendo a la velocidad del sonido. Y según cuál de esos pulsos llegue a la válvula y cuándo, el aire entra con ayuda o con estorbo: ese es justo el quid de todo lo que viene ahora.

Ahora imagina que consigues cronometrarlo. Que diseñas el conducto con la longitud exacta para que el pulso de sobrepresión esté apretando contra la válvula de admisión durante el rato en que está abierta, sobre todo justo antes de que se cierre, que es cuando se decide cuánta masa de aire se queda atrapada dentro del cilindro. ¿Qué pasa? Que el aire no solo entra empujado por la atmósfera: entra empujado por la atmósfera más el empujón extra de esa onda de presión que llega en el momento perfecto. Es un empujón hecho de física pura, sin piezas móviles, sin coste, sin nada. Solo un tubo de la longitud correcta y el instante exacto. No es un turbo —no da presión continua a cualquier régimen—, pero en la ventana de vueltas donde el cronómetro acierta, el efecto se le parece y encima sale gratis.

Cuando el pulso llega a favor, mete aire de más y el cilindro se llena por encima del 100%. Cuando llega a destiempo, estorba y el llenado empeora. El problema es que la onda tarda siempre más o menos lo mismo en recorrer el tubo —su velocidad es la del sonido, que sube cuando el aire está más caliente—, pero el motor no gira siempre a las mismas vueltas. Un conducto sintonizado para que el pulso cuadre a 3.000 rpm estará descuadrado a 6.000. Por eso un tubo de longitud fija solo puede bordar el examen en una banda de vueltas concreta, y a cambio paga peaje en otras. Aquí entran en juego dos fenómenos físicos distintos que conviene no mezclar: las ondas que viajan y rebotan por el tubo (resonancia del conducto, lo que acabamos de contar) y la resonancia de Helmholtz, que es otra cosa: la masa de aire del conducto oscilando como un muelle contra el colchón de aire del colector, igual que la columna de aire del cuello de una botella vibra contra el aire encerrado dentro y hace que suene una nota. En una admisión de verdad pueden intervenir las dos a la vez; son herramientas distintas de la misma caja.

Cómo se hace trampa a varias vueltas a la vez

Si un conducto fijo solo funciona a un régimen, la solución evidente es un conducto que cambie de longitud según las vueltas. Y eso es exactamente lo que la industria acabó construyendo: los colectores de admisión variable.

La física es la que manda, y las patentes de los fabricantes la describen sin adornos: cuando se usa el conducto largo, la frecuencia de resonancia baja, y eso da más par a pocas vueltas. Cuando se usa el conducto corto, la frecuencia sube y desplaza el máximo llenado hacia arriba, hacia la zona de potencia. Un conducto largo y estrecho mantiene el aire rápido y con ganas abajo; uno corto y ancho deja pasar más caudal arriba. Ningún conducto fijo puede hacer las dos cosas. Uno variable, sí.

Mercedes lo resolvió en su motor V6 M272 con un colector de longitud variable de diseño en espiral y unas trampillas que seleccionan por qué camino va el aire. Con las trampillas cerradas, el aire se ve obligado a recorrer el conducto largo: es el modo de pocas y medias vueltas con carga alta —la documentación técnica de Mercedes lo sitúa más o menos entre las 1.750 y las 3.900 rpm—, porque el camino largo baja la frecuencia de resonancia y engorda el par abajo. Con las trampillas abiertas, por encima de unas 3.900 rpm, el aire toma el atajo por el conducto corto, que desplaza el llenado hacia la zona de potencia. Ojo al orden, que mucha divulgación lo cuenta al revés: cerrado es largo y para abajo, abierto es corto y para arriba. El cambio lo mueve un solo actuador de membrana por vacío; hay un segundo actuador, pero es para las trampillas de turbulencia (swirl), que son otra cosa —generan remolino en el aire para mejorar la combustión, no cambian la longitud del conducto—. Es ingeniería preciosa, y también frágil: estos colectores tienen fama de romper por el varillaje de plástico, que se agarrota con la carbonilla hasta partirse y deja el sistema atascado en una de las dos posiciones. La belleza tiene su letra pequeña.

Motor V6 Mercedes M272 bajo su tapa en un GLK

El caso más espectacular es actual y demuestra que el atmosférico no ha dicho la última palabra. El motor LT6 de Chevrolet, el V8 atmosférico del Corvette Z06, tiene un colector de dos cámaras unidas por tres válvulas de comunicación gobernadas por la centralita. Abriéndolas y cerrándolas a distintas vueltas, el motor sintoniza su propia resonancia de admisión sobre la marcha, comportándose como un conducto largo y corto a la vez sin tener que cambiar físicamente la longitud de cada conducto. ¿Para qué tanto lío? Para aprovechar justo lo que hemos contado: que esos pulsos de presión lleguen a favor en la mayor banda de régimen posible. Chevrolet declara para este motor 670 caballos (hp) y sostiene que, con el colector bien sintonizado, el aire llega a entrar en los cilindros por encima de la presión atmosférica y el llenado supera el 100%. Son dos cosas distintas —que haya pulsos puntuales por encima de la atmosférica no es lo mismo que mantener sobrepresión media, ni que superar el 100% de forma sostenida—, pero la idea de fondo se sostiene: 670 hp de un V8 atmosférico con docilidad de coche de calle, sin una gota de turbo. La resonancia, bien cronometrada, es una forma de sobrealimentación gratis en las zonas de régimen donde la onda cuadra: no es la presión continua de un turbo, sino un empujón que aparece cuando el cronómetro acierta.

Chevrolet Corvette Z06 C8 gris aparcado

Las válvulas: la puerta por la que cabe todo

Toda esta coreografía del aire termina en un cuello de botella: la válvula de admisión. Por muy bien que respire el conducto, el aire tiene que entrar al cilindro por una ventana de paso limitada, que se abre y se cierra en un instante muy concreto. Y lo que importa ahí no es solo cuánto se levanta la válvula, sino el área efectiva por la que el aire puede colarse: el diámetro de la válvula, la forma del asiento, cuánto tiempo permanece abierta. Si esa ventana es estrecha o dura poco, da igual lo bien afinado que esté todo lo demás.

Por eso los motores que quieren respirar de verdad llevan cuatro válvulas por cilindro en vez de dos: dos válvulas pequeñas suman más perímetro de asiento y más área efectiva de paso que una sola grande del mismo diámetro, y además dejan meter la bujía en el centro de la cámara. Por eso existe la distribución variable, que adelanta o retrasa el momento en que las válvulas abren y cierran para cuadrarlo con el régimen, igual que el colector variable cuadra la onda de presión. Y por eso los motores más obsesionados con respirar, como los deportivos de altas vueltas, llegan a poner una mariposa independiente por cada cilindro en lugar de una sola para todos: cada cilindro con su propia mariposa pegada a la válvula, lo que afila la respuesta al acelerador y el control del aire justo donde importa.

Trompetas de admisión altas sobre carburadores, una por cilindro

El BMW S65, el V8 atmosférico del M3 de hace dos generaciones, es el ejemplo de manual. Ocho cilindros, ocho mariposas independientes, una por cilindro, para que la respuesta al acelerador fuera instantánea y sin intermediarios. Geometría oversquare —el diámetro del pistón mayor que su carrera— para que pudiera dar su potencia máxima a 8.300 vueltas y girar hasta el corte, en 8.400, sin autodestruirse, porque una carrera corta reduce la velocidad media del pistón a un régimen dado, y eso le permite aguantar vueltas que reventarían a otro motor de carrera larga. Compresión de 12 a 1, altísima. Todo ese motor era un ejercicio de respirar lo mejor posible sin ayuda externa, y su sonido por encima de las 6.000 vueltas —ocho gargantas tragando aire a la vez, sin el silbido de ningún turbo tapando la música— es la banda sonora de lo que significa un atmosférico llevado al límite.

Motor V8 atmosférico BMW S65 de competición sobre un soporte

Por qué esto es la base de todo lo que viene

Ahora ya tienes las reglas del juego limpio. Un motor atmosférico mete aire haciendo hueco y dejando que la atmósfera lo rellene. Y el 100% de llenado no es una pared física que no se pueda cruzar, sino la referencia geométrica: lo que cabría si el cilindro se llenara justo hasta su volumen a las condiciones de referencia. La inercia del aire, la resonancia bien cronometrada y un buen cruce de válvulas pueden llevar a un atmosférico por encima de esa cifra en la zona de régimen donde todo cuadra. Todo el ingenio del atmosférico —cuatro válvulas, distribución variable, colectores que cambian de longitud, mariposas individuales— es una guerra contra las pérdidas para acercarse a ese diez y, con suerte y buena sintonía, pasarlo un poco.

Y aquí está la frontera. El atmosférico, por definición, depende de un solo empujón: el de la atmósfera, ese bar escaso de presión que no podemos cambiar. Puedes afinar el llenado hasta la extenuación, pero sigues jugando con la baraja que te dio la naturaleza. La pregunta que se hicieron los ingenieros hace más de un siglo fue tan obvia como revolucionaria: ¿y si en vez de esperar a que la atmósfera empuje el aire, lo empujamos nosotros? ¿Y si metemos el aire a presión, a la fuerza, con una máquina?

Ese es el salto. En cuanto alguien decidió empujar el aire en lugar de esperar a que entrara solo, nació la sobrealimentación, y con ella el turbo, el compresor y todo lo que llena las páginas de esta serie. Pero ninguna de esas máquinas inventa un proceso nuevo. Todas hacen lo mismo que hace el atmosférico —llenar un cilindro de aire— solo que haciendo trampa con la presión. Y no se puede entender la trampa sin dominar antes el juego limpio.

En el próximo capítulo empezamos a empujar. Compresor volumétrico: la primera máquina que el hombre acopló al motor para meterle aire a la fuerza, y por qué el más famoso de todos, el Roots, en realidad no comprime nada por dentro. Spoiler: casi todo lo que has leído en internet sobre él está mal.

Y en el segundo capítulo empezamos a empujar: cómo funciona un compresor volumétrico y por qué el Roots, el más famoso de todos, no comprime el aire por dentro.

El tercer capítulo cuenta cómo funciona un turbo y por qué el lag y el umbral de soplado no son la misma cosa.

Comprueba que sigues vivo.

Fotos: Mr.choppers (CC BY-SA 3.0), epinkert (CC BY 3.0), Steliosk0 (CC0), OWS Photography (CC BY 4.0), dave_7 (CC BY 2.0).

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