GIOTTO BIZARRINI

El hombre que Ferrari no pudo retener

Giotto Bizzarrini ingeniero italiano fundador de Bizzarrini SpA, creador del Ferrari 250 GTO

El Ferrari 250 GTO vale más de cincuenta millones de dólares en subasta. Es el coche más caro del mundo. El hombre que desarrolló su motor fue despedido por Ferrari antes de ver ganar una sola carrera. Se enteró en un sobre. Sin mirarle a la cara, sin conversación, sin una sola palabra de explicación. Solo un papel en un pasillo de Maranello. Eso es Giotto Bizzarrini. Y eso es Ferrari.

Lo que se aprende cuando tu abuelo trabaja con Marconi

Quercianella es un pueblo pequeño en la costa toscana, quince kilómetros al sur de Livorno. El 6 de junio de 1926 nació allí Giotto Bizzarrini. Su padre era terrateniente. Su abuelo, que se llamaba igual, era biólogo y había colaborado con Guglielmo Marconi en el desarrollo de la radio. Una de las secciones de la Biblioteca de Livorno lleva el nombre de la familia. No es que Bizzarrini fuera a ser ingeniero —es que sería imposible que no lo fuera.

Estudió en la Universidad de Pisa. Se graduó en 1953 con una tesis que ya decía todo sobre cómo pensaba: cogió un Fiat Topolino de segunda mano y lo rediseñó de arriba abajo. Modificó el motor para subir potencia y lo reubicó en el chasis para mejorar la distribución de pesos. No era un trabajo académico, era un primer prototipo. Era Bizzarrini siendo Bizzarrini antes de que nadie supiera quién era Bizzarrini.

Enseñó brevemente antes de entrar en Alfa Romeo en agosto de 1954, en la unidad de experimentación principal bajo el ingeniero Nicolis. Le asignaron el desarrollo del chasis del Giulietta. Era una tarea decepcionante para alguien que quería motores, pero Bizzarrini no se quedó quieto. Consiguió pasar al departamento experimental y empezó a formarse como piloto de pruebas. Ahí estaba la clave diferencial: no era solo un ingeniero que calculaba en mesa. Era un ingeniero que luego se subía al coche y verificaba lo que había calculado. Esa combinación —diseñador, calculista y piloto— era extraordinariamente rara en 1954. Lo sigue siendo hoy.

Ferrari, 1957: cinco años que cambiaron la historia del automóvil

En 1957, Ferrari necesitaba un piloto de pruebas. Bizzarrini tenía exactamente el perfil. Lo ficharon. Lo que pasó después fue rápido: en poco tiempo estaba al frente del desarrollo de coches deportivos, GT y experimentales. No era solo piloto de pruebas. Era ingeniero jefe de facto en la categoría que más le importaba a Ferrari: los GT de competición.

Los años en Maranello, de 1957 a 1961, son un catálogo de máquinas que hoy valen fortunas y que en su momento redefinían lo que podía hacer un coche. El 250 Testa Rossa. El 250 GT SWB, la Berlinetta de Paso Corto que dominó las GT a finales de los cincuenta con su mezcla de potencia y equilibrio. Y luego el 250 GTO.

Para entender qué construía Bizzarrini, hay que entender el contexto. En 1959, cuando el SWB estaba definiéndose, los rivales que Ferrari miraba sobre el hombro eran el Aston Martin DB4 GT —que llegaba con el motor de seis cilindros en línea desarrollado por Ted Cutting— y el Jaguar E-Type Lightweight, que todavía no existía pero cuyas especificaciones ya circulaban. Maserati peleaba en la misma liga con el 3500 GT. Bizzarrini no solo conocía a los rivales —los analizaba coche por coche para encontrar sus límites y superarlos. El SWB salió adelante de todos ellos porque alguien había pensado exactamente cómo hacerlo mejor, y ese alguien era él.

El 250 GTO nació en 1960 en su cabeza. Bizzarrini tenía claro desde el principio lo que necesitaba el coche: menos superficie frontal, aerodinámica trabajada en profundidad, motor más bajo y más atrás para mejorar la distribución de masas, cárter seco para ganar centímetros de altura libre. Cogió su propio coche personal —un 250 GT con chasis 2643GT que llamaban el «Ugly Duck»— y lo usó como banco de pruebas para desarrollar las soluciones técnicas que luego aparecerían en el GTO. No era solo trabajo de despacho. Era Bizzarrini en la carretera, verificando sus propios cálculos, ajustando, volviendo al banco, volviendo al coche. Así se hacía en esa época. Y así lo hacía él mejor que nadie en Ferrari.

El GTO que salió de ese proceso era la síntesis perfecta de lo que Bizzarrini sabía hacer: chasis optimizado, motor inclinado para ganar altura libre, seis carburadores Weber dobles en lugar de tres, aerodinámica calculada con más rigor que cualquier Ferrari anterior. En 1962, cuando el GTO se presentó, no había nada mejor en su categoría. Nada. El Shelby Cobra tenía ventaja en circuitos lentos, pero en carreteras rápidas el GTO lo dejaba atrás en velocidad punta. Bizzarrini lo había construido para ganar en Le Mans. Y ganó. Solo que él ya no estaba.

El 24 de octubre de 1961: la noche en que Ferrari despidió a ocho personas

Había resentimiento acumulado. El sueldo era bajo. Laura Ferrari, la mujer de Enzo, había ido ganando influencia en la empresa y su gestión era errática y autoritaria. Enzo era, en palabras de la gente que le conoció, un dictador que no admitía cuestionamiento alguno sobre su autoridad. La compañía funcionaba porque era Ferrari, pero por debajo de la superficie había tensión suficiente para reventar.

El detonante fue Girolamo Gardini, el director comercial. Harto del comportamiento de Laura Ferrari, consultó a un abogado junto con otros siete directivos clave y mandaron una carta colectiva a Enzo pidiendo que su mujer dejara de interferir en la gestión de la empresa. Nadie había hecho nada parecido antes. Nadie le había plantado cara a Enzo de esa manera, con firma de abogado y todo.

Enzo Ferrari respondió a su manera. En la reunión semanal del martes 24 de octubre de 1961 —que Romolo Tavoni recordó después como inusualmente corta, no más de cuarenta y cinco minutos— el Commendatore no dijo una sola palabra sobre la carta. Siguió con el orden del día normal. Cuando terminó la reunión, su secretaria sacó aparte a los ocho hombres y les entregó un sobre. En el sobre estaba su despido.

Los ocho eran Giotto Bizzarrini —jefe de desarrollo experimental de coches deportivos—, Carlo Chiti —ingeniero jefe—, Romolo Tavoni —director deportivo de la Scuderia—, Girolamo Gardini —director comercial—, Ermanno Della Casa —director financiero—, Fausto Galasso —jefe de fundición—, Federico Giberti —director de compras— y Enzo Selmi —director de personal.

Enzo Ferrari perdió en una sola tarde al núcleo técnico que había construido las máquinas más ganadoras de su historia. Hubo gente en Maranello que pensó que eso era el final de Ferrari. Mauro Forghieri, que tenía veintisiete años y casi ninguna experiencia, tuvo que terminar el GTO que Bizzarrini había diseñado. Ferrari tardó dos años en volver a ganar con regularidad. No fue el final de la marca, pero estuvo más cerca de serlo que ningún otro episodio en la historia de la empresa.

El nombre oficial del evento en la literatura anglosajona es «The Great Walkout». En italiano se conoce como «Il Palazzo dei Balocchi» —el Palacio de los Juguetes— por los juguetes que Enzo regalaba a sus ingenieros como compensación en lugar de pagarles mejor. Una descripción perfectamente cruel de cómo funcionaba la jerarquía.

El Breadvan: la firma de Bizzarrini en respuesta a Ferrari

Después del despido, Bizzarrini y Chiti formaron juntos ATS —Automobili Turismo e Sport— con financiación del conde Giovanni Volpi di Misurata. No funcionó. Bizzarrini y Chiti chocaban en todo. Bizzarrini salió de ATS al poco tiempo y fundó su propia consultora, Società Autostar, en Livorno, en 1962.

Uno de sus primeros clientes fue el propio conde Volpi, que tenía un problema concreto: quería competir en Le Mans 1962 con un Ferrari 250 GTO, pero Enzo se lo había negado expresamente como castigo por haber contratado a exempleados de Ferrari. Lo que Volpi tenía era un 250 GT SWB con chasis 2819GT, que había comprado a Olivier Gendebien, ganador de Le Mans en múltiples ocasiones.

Bizzarrini recibió el encargo: convertir ese SWB en algo que pudiera plantar cara al GTO. Y lo que entregó fue el Breadvan.

El nombre lo puso la prensa inglesa, escéptica ante una silueta que no se parecía a nada que hubiera salido de Italia: morro muy bajo y puntiagudo, techo extendido hacia atrás en línea casi plana siguiendo la teoría aerodinámica de Kamm, cola cuadrada. Los franceses lo llamaron «La Camionnette» —la furgoneta pequeña. No era un insulto; era una descripción técnicamente precisa de un diseño que priorizaba la eficiencia aerodinámica sobre la estética.

Bizzarrini aplicó en el Breadvan exactamente lo que había aprendido desarrollando el GTO: motor desplazado doce centímetros más hacia el centro del chasis que en el GTO original, cárter seco para ganar altura libre, seis carburadores Weber doble cuerpo de 38 DCN en lugar de los tres originales de 46 DCN. El peso en seco quedó en 935 kg —el GTO pesaba mil kilos—. Más ligero, mejor repartido y aerodinámicamente más eficiente.

La carrocería la hizo Piero Drogo en su taller de Módena. El coche se completó en catorce días.

En Le Mans 1962, el Breadvan salió adelante de todos los GTOs de fábrica durante las cuatro primeras horas. Era 7 km/h más rápido que los Ferrari oficiales en la recta de Mulsanne. En la cuarta hora, un fallo en la transmisión lo dejó fuera. Pero la demostración estaba hecha: Bizzarrini había competido contra su propia creación y la había superado técnicamente. Ferrari presionó a los organizadores para que clasificaran el Breadvan como prototipo en lugar de GT, impidiendo que compitiera directamente contra los GTOs. Hasta para eso había que recurrir a maniobras.

El Breadvan ganó dos pruebas de clase ese mismo año. Sigue siendo uno de los coches más raros y fascinantes de la historia, y uno de los documentos técnicos más elocuentes que existe: la prueba de que el hombre al que Ferrari había despachado con un sobre sabía exactamente lo que hacía.

Iso Rivolta: la etapa que nadie recuerda bien

Mientras el Breadvan se construía, Bizzarrini había empezado a trabajar para Renzo Rivolta, industrial milanés que quería convertir su empresa Iso —fabricante de neveras, Isetta y escúteres— en un constructor de coches deportivos de verdad.

Bizzarrini diseñó el chasis del Iso Rivolta IR300, presentado en 1962. La filosofía era sencilla: carrocería italiana con motor americano. El V8 de 5,4 litros del Chevrolet Corvette era fiable, potente y barato comparado con desarrollar un propulsor propio. Giugiaro, que entonces trabajaba en Bertone, diseñó la carrocería. El resultado era un gran turismo convincente que cuadró bien en el mercado.

Pero Bizzarrini no quería hacer grandes turismos. Quería ganar carreras. Para eso estaba el Grifo A3/C, la versión de competición del Grifo que desarrolló en paralelo al IR300. Un coche extremadamente bajo —solo 112 centímetros de altura—, con el motor tan retrasado en el chasis que para acceder al distribuidor había que abrir una trampilla en el salpicadero. Fue en Le Mans 1964 como coche de Iso donde el A3/C demostró su potencial.

La ruptura con Rivolta no fue por dinero ni por un incidente puntual. Fue por visión. Rivolta quería gran turismo de alta calidad y coches familiares de lujo. Bizzarrini quería correr en Le Mans y ganar. Dos objetivos que en apariencia conviven y en la práctica son incompatibles cuando el presupuesto es limitado. El detonante final fue que Bizzarrini registró la marca «Grifo» a su nombre sin decírselo a Rivolta —el mismo patrón de siempre: el ingeniero que considera el coche como suyo independientemente de quién paga el taller. Rivolta tuvo que «comprarle» su propia marca a cambio de suministrarle chasis para producción independiente. No fue una ruptura limpia. Fue otro sobre, de otro tipo.

Bizzarrini SpA, 1964–1969: el genio sin red de seguridad

En 1965, la ruptura con Iso fue definitiva. Bizzarrini se quedó con los derechos de producción del A3/C y con piezas suficientes para construir cincuenta unidades. Fundó Bizzarrini SpA en Livorno y comenzó a producir el coche bajo su propio nombre: el 5300 GT.

Las especificaciones eran las del A3/C con refinamientos: V8 Chevrolet de 5.354 cc, 365 CV en versión Strada, hasta 405 CV en versión Corsa con cuatro carburadores Weber doble cuerpo laterales. Peso en orden de marcha: 1.252 kg en la Strada. Velocidad máxima: 266 km/h. Zero a cien: unos 6,4 segundos. El precio en Estados Unidos, principal mercado, rondaba los 14.000 dólares —frente a los 17.000 del Ferrari 275 GTB.

Para entender dónde estaba parado ese coche en 1965, hay que recordar qué hacían los demás. El Ferrari 275 GTB tenía un V12 de 280 CV. El Shelby Cobra 427 era más bruto pero pesaba casi lo mismo y carecía del equilibrio dinámico del Bizzarrini. La Lamborghini Miura no llegó hasta 1966. El 5300 GT era más rápido en pista que muchos coches que costaban el doble, y su aerodinámica —coeficiente de resistencia que hacía a los rivales parecer ladrillos— era una ventaja real en circuitos rápidos.

En Le Mans 1965, un Grifo A3/C/Bizzarrini ganó su clase y terminó noveno en la clasificación general. Era un coche prácticamente de producción compitiendo contra prototipos y máquinas con presupuestos infinitamente superiores.

El problema de Bizzarrini nunca fue la ingeniería. Fue todo lo demás. La estructura empresarial era inexistente. La producción era artesanal —en total se construyeron aproximadamente 133 unidades entre todas las versiones— y no había capital suficiente para desarrollar los coches al ritmo que el mercado exigía. El P538, el prototipo de Le Mans que Bizzarrini construyó en 1966 para pelear en la categoría de prototipos, no llegó a rendir lo que prometía por falta de medios. En 1969, la empresa quebró.

No fue una sorpresa para nadie que le conociera. Bizzarrini era lo que el propio Enzo Ferrari había sido en sus peores momentos: un hombre cuya obsesión por la ingeniería lo hacía incapaz de pensar en otra cosa. «No soy un diseñador de automóviles», decía. «Soy un trabajador.» Y un trabajador, por brillante que sea, necesita una empresa que funcione a su alrededor.

Lo que vino después, y lo que nunca cambió

Después de 1969, Bizzarrini siguió trabajando. Siempre. Colaboró con American Motors en el desarrollo del AMX/3 a principios de los setenta —un deportivo de dos plazas con motor central que nunca llegó a producirse en serie por el colapso financiero de AMC, pero que era técnicamente sólido. Fue consultor para General Motors en Europa y Estados Unidos, donde su experiencia en distribución de masas y aerodinámica de bajo centro de gravedad seguía siendo relevante en una industria que apenas empezaba a tomarse en serio esos parámetros. Trabajó también para las principales marcas de motocicletas japonesas y para Pininfarina.

Enseñó ingeniería primero en la Universidad de Roma y acabó donde había empezado: en la Universidad de Pisa, donde se había graduado en 1953 con aquella tesis sobre el Topolino rediseñado. Hay algo muy Bizzarrini en ese círculo cerrado. En 2012, la Universidad de Florencia le otorgó el doctorado honoris causa en diseño industrial, cuando ya tenía 86 años.

En 1998 presentó el Kjara, un concept car de su propio diseño. En 2005, otro concepto. Nunca paró.

Una vez, cuando alguien le preguntó por qué siempre necesitaba entender el coche desde dentro —como piloto, no solo como calculista—, respondió: «Me convertí en un piloto de pruebas que, por casualidad, también era ingeniero con principios matemáticos. Siempre necesité saber por qué algo falla, para poder inventar una solución.» No era humildad. Era la descripción más precisa que existe de cómo pensaba.

Cuando la marca Bizzarrini fue resucitada en 2023 y se presentó el hypercar Giotto como homenaje, el hombre tenía 96 años y vivía en Rosignano Marittimo, en la provincia de Livorno donde había nacido. El nuevo coche llevaba un V12 de Cosworth con 6.626 cc de cilindrada —un guiño exacto a su fecha de nacimiento: 6/6/26. Murió el 13 de mayo de 2023, pocas semanas antes de cumplir los 97. No llegó a ver el coche terminado. Tampoco había visto ganar el GTO. Hay una consistencia terrible en ese patrón.

Ferrari despidió al hombre que sabía demasiado

La industria del automóvil está llena de ingenieros brillantes que se quedaron dentro de las grandes marcas. Sus nombres aparecen en créditos colectivos, en agradecimientos, en footnotes de libros de historia. El nombre de Bizzarrini aparece solo, en la carrocería de coches que valen millones y en el cartel de una empresa que duró cinco años y que cincuenta después alguien considera suficientemente importante como para resucitar.

Ferrari le despidió porque había firmado una carta. Porque se había atrevido a cuestionar la gestión del patrón. No porque fuera malo —precisamente porque era demasiado bueno y demasiado dispuesto a decir lo que pensaba. Enzo sabía exactamente lo que perdía esa noche del 24 de octubre. Por eso lo hizo de esa manera: sin conversación, sin mirar a los ojos, con un sobre.

Hay ingenieros más grandes que las marcas para las que trabajan. Bizzarrini es la prueba.

Comprueba que sigues vivo.

Deja un comentario