Bertone Testudo: dos meses y un chaval

Bertone Testudo basado en un Chevrolet Corvair

Marzo de 1963. Un hombre cruza los Alpes al volante de un coche que parece venido de otro planeta. No hay túnel del Mont Blanc, no hay túnel de San Bernardo, esas cosas todavía no existen. Así que cruza por arriba, por los puertos de montaña, en pleno invierno alpino, con un prototipo bajísimo de cristal y aluminio que jamás había pisado una carretera de verdad.

Ese hombre es Nuccio Bertone. Y va camino del Salón de Ginebra a enseñar al mundo lo que ha parido su taller. El coche se llama Testudo. Y va a cambiar el aspecto de los deportivos durante los siguientes veinte años.

Lo que casi nadie sabe es lo que hay debajo de esa carrocería mágica. Ni quién la dibujó. Ni cómo terminó ese coche. Vamos a por ello, porque la historia tiene de todo: un chaval de 25 años, un coche americano al que estaban crucificando, dos meses de plazo, un choque brutal en Monza y una negativa que aún escuece.

El coche que América quería esconder

Empecemos por la base, porque es lo primero que descoloca a la gente.

El Testudo no nace de un Ferrari, ni de un Maserati, ni de nada exótico. Nace de un Chevrolet Corvair. Y en aquellos años, el Corvair era un coche con problemas. Un coche extraño para el mercado americano: motor bóxer de seis cilindros, refrigerado por aire, colocado detrás. Una configuración muy poco americana, mucho más cercana a un Porsche que a un Chevrolet. De hecho, en Europa lo llamaban «el Porsche americano» con no poca sorna.

Y esa configuración traía un problema serio. Las primeras generaciones del Corvair montaban detrás un eje de columpio, el swing axle, una suspensión que en condiciones límite hacía que la rueda trasera cambiara de inclinación de forma brusca. Con el peso del motor colgado por detrás del eje y esa suspensión, el coche tenía fama de irse de atrás sin avisar, de sobrevirar y sorprender al conductor medio americano, poco acostumbrado a un coche de motor trasero. En Estados Unidos, a principios de los sesenta, esa fama ya corría de boca en boca. El coche estaba bajo sospecha en su propia casa.

Y aún se pondría peor. En 1965, dos años después del Testudo, un abogado joven llamado Ralph Nader publicó un libro, «Unsafe at Any Speed», cuyo primer capítulo era una demolición del Corvair y de cómo General Motors había priorizado el estilo y el coste sobre la seguridad. Aquel libro convirtió al Corvair en el símbolo del coche peligroso para toda una generación y cambió la industria del automóvil entera. Pero eso llegaría después. En el invierno de 1962, cuando el chasis cruza el Atlántico rumbo a Italia, el Corvair todavía es solo un coche raro y bajo sospecha, no el villano nacional en que lo convertiría Nader.

¿Y qué hace General Motors? Pues algo bastante astuto. Bill Mitchell, el jefe de estilo de GM, decide que si el Corvair no funciona bien en América, quizá pueda venderse mejor en Europa. Y para eso, hay que vestirlo de europeo. Así que manda chasis de Corvair a Italia, a los grandes carroceros. Uno a Pininfarina. Otro a Bertone. El encargo, en el fondo, es sencillo: a ver qué sabéis hacer con esto.

Y Nuccio Bertone, que llevaba tiempo con ganas de hacerse un nombre al otro lado del Atlántico, entendió inmediatamente lo que aquello significaba. Era una oportunidad de oro. Pero tenía un problema. El chasis le llegó en el invierno de 1962, y el Salón de Ginebra era en marzo de 1963. Dos meses. Dos meses para diseñar un coche desde cero, construirlo entero a mano y llevarlo rodando a Suiza.

Y se lo dio al chaval

Aquí está el primer golpe de esta historia. Con dos meses por delante, con la reputación de la casa en juego, con GM mirando, Nuccio Bertone no se lo encargó a un veterano. Se lo encargó a un chaval de veinticinco años que trabajaba en su plantilla.

Se llamaba Giorgetto Giugiaro.

Y no solo se lo encargó: le dio mano libre absoluta. Sin límites, sin condiciones. El propio Giugiaro lo ha contado muchas veces desde entonces: el Testudo fue el primer coche de su vida en el que le dejaron hacer exactamente lo que le diera la gana. No solo el estilo. Todo. La forma, la arquitectura, cómo se abría, cómo se entraba, cómo se veía.

Si sabes algo de historia del automóvil, ya se te habrá puesto la piel de gallina. Porque ese chaval de veinticinco años terminaría fundando Italdesign y firmando el Volkswagen Golf, el DeLorean, el Fiat Panda, el Lotus Esprit y media biblioteca de coches que han definido cómo se ve un automóvil moderno. Uno de los más grandes diseñadores de la historia. Y este, el Testudo, es el coche donde empezó a ser él mismo.

La tortuga

Giugiaro cogió aquel Corvair y lo desmontó conceptualmente entero. Acortó el chasis, recortando la batalla en más de treinta centímetros para hacerlo más ágil. Lo reforzó. Rebajó el centro de gravedad, aligeró el morro para cargar el reparto de pesos atrás y darle agarre. La mecánica, esa sí, la respetó: el bóxer de seis cilindros refrigerado por aire se quedó donde estaba, colgado detrás, con su caja manual de cuatro marchas.

Y entonces dibujó encima algo que nadie había visto.

Un coche de apenas ciento seis centímetros de altura. Bajísimo. Una línea partida en dos por un pliegue lateral que recorría todo el flanco: por debajo, la parte inferior; por encima, una cúpula redondeada que parecía, exactamente, el caparazón de una tortuga. De ahí el nombre. Testudo, tortuga en latín.

Pero lo bueno no era solo la forma. Era cómo se entraba. El Testudo no tenía puertas. Ni una. Toda la cúpula de cristal, el parabrisas y el techo en una sola pieza, basculaba hacia delante como la carlinga de un caza, dejando el habitáculo entero al descubierto. La luneta trasera, curva, se levantaba hacia arriba para dar acceso al motor. Los faros iban escamoteados, ocultos hasta que los encendías.

Y dentro, un ejercicio de modernismo italiano en estado puro: asientos envolventes, un salpicadero en forma de bumerán, un volante rectangular. Nada de lo que ves ahí es convencional. Nada.

Giugiaro explicó años después lo que el Testudo le había abierto en la cabeza, y es la parte más interesante de todo esto. Hasta entonces, los diseñadores pensaban un coche en dos piezas separadas: la vista de perfil por un lado, la vista de planta por otro. Dos dibujos distintos que luego se casaban como se podía. El Testudo le enseñó a pensar el coche como una sola pieza continua, un volumen único que fluye. Eso, que suena a filosofía de taller, es en realidad un cambio de paradigma. Es la forma moderna de diseñar coches.

Ginebra, y el hombre al que le explotó la cabeza

Nuccio Bertone estaba tan orgulloso del coche que hizo algo poco habitual: en lugar de mandarlo en camión, lo condujo él mismo desde Turín hasta Ginebra. Cruzando los Alpes. En marzo. Con un prototipo recién salido del taller. Y llegó.

El 3 de marzo de 1963, el Testudo se presentó en el Salón de Ginebra y se convirtió en la estrella absoluta del certamen. El consenso fue unánime. Que aquella cosa bajísima, futurista y perfecta escondiera debajo la mecánica de un utilitario americano cuestionado era casi imposible de creer.

Y entre la gente que se paró delante de ese coche había un tipo que fabricaba tractores y que llevaba un tiempo dándole vueltas a una idea. Se llamaba Ferruccio Lamborghini. Y lo que vio en el Testudo le voló la cabeza.

De ahí arrancó una de las relaciones más fértiles de la historia del diseño italiano: Lamborghini y Bertone. Y conviene ser justo con lo que vino después, sin inflarlo. Cuando tres años más tarde el mundo se cayó de espaldas viendo el Miura, el coche que reinventó lo que era un superdeportivo, no fue porque el Testudo lo hubiera dibujado antes. El Miura lo firmó otro hombre, Marcello Gandini, y es una obra suya. Pero el Testudo fue la carta de presentación que puso a Bertone en el radar de Lamborghini, y algunas de las ideas que Bertone tenía frescas de aquel ejercicio (el habitáculo empujado hacia delante, el juego entre volúmenes, la voluntad de romper con todo lo anterior) formaban parte del clima del que salió el Miura. No es que el Miura sea hijo del Testudo. Es que sin el Testudo, quizá Lamborghini nunca habría llamado a esa puerta.

Con los faros escamoteables conviene el mismo cuidado, porque es un dato que se repite mal. El Testudo los llevaba, sí, pero no los inventó: soluciones de faros ocultos ya existían antes, del Cord de los años treinta al Mercedes 300 SL. Lo que hizo el Testudo fue enseñarlos integrados en una carrocería limpísima y moderna, y contribuir a ponerlos de moda en el deportivo europeo. Popularizar, no inventar. La diferencia importa.

Algo parecido se ha dicho del Porsche 928, al que a veces se llama pariente lejano del Testudo por su zaga redondeada y esa cintura que envuelve el coche. Es una conexión sugerente, y hay un dato que la alimenta: uno de los diseñadores de Porsche, Tony Lapine, venía precisamente de trabajar con Bill Mitchell en GM. Tómalo como lo que es, un parentesco de aire de familia, no una línea recta.

Y aun quitándole el humo a todo esto, queda algo enorme. Un chaval de veinticinco años, con dos meses de plazo, cogió el chasis de un coche americano bajo sospecha en su propio país, y de ahí salió una de las piezas de diseño que ayudó a marcar por dónde iría el deportivo europeo de los años siguientes.

Y entonces lo destrozaron

En 1965, dos años después de la gloria de Ginebra, el Testudo se llevó a Monza para rodar una película promocional de Shell. En la Parabólica, la curva más rápida y traicionera del trazado, hubo un accidente. Chocó con otro coche. Y lo más doloroso: el otro coche también era un concept de Bertone, el Alfa Romeo Canguro, otra pieza magnífica. Dos joyas del diseño italiano destrozándose entre sí en la misma curva.

El Testudo quedó gravemente dañado. ¿Y qué hizo Bertone? Nada. No estaba dispuesto a gastar dinero en repararlo. Así que el coche más celebrado del salón de Ginebra de 1963, el que había dejado a Lamborghini con la boca abierta, el que iba a inspirar a media Italia, se quedó tirado y roto en un rincón. Durante años.

En 1974 lo pusieron a la venta por diez mil dólares. Diez mil. Y nadie lo quiso. No se vendió.

Hubo que esperar a los años noventa para que por fin lo restauraran a fondo. En 1996 apareció, radiante otra vez, en el Concurso de Elegancia de Pebble Beach. Y en 2011, cuando salió a subasta en Villa d’Este, se vendió por 336.000 euros. De basura invendible a joya de museo. Como siempre.

La negativa que todavía duele

Pero queda un detalle final, y es el que de verdad cierra el círculo.

Cuando Giugiaro se marchó de Bertone para volar solo y fundar lo que sería Italdesign, pidió una cosa. Solo una. Quería quedarse con el Testudo. Su primer coche libre. El coche donde había encontrado su propia voz.

Le dijeron que no.

Giugiaro no lo olvidó nunca. En 2018, con toda una carrera legendaria a sus espaldas, presentó en Ginebra un coche eléctrico llamado Sibylla, firmado con su hijo bajo el sello GFG. ¿Y qué llevaba el Sibylla? La cúpula basculante. La misma idea, el mismo gesto, cincuenta y cinco años después. Y los expusieron juntos, el Testudo de 1963 y el Sibylla de 2018, en el mismo salón donde todo había empezado.

No pudo quedarse con el coche. Pero se quedó con la idea. Y volvió a por ella medio siglo después.

Lo que queda

El Testudo es una de esas piezas que demuestran que la grandeza no depende de la materia prima que te den. A Giugiaro le entregaron el chasis de un coche americano bajo sospecha, con una mecánica que no podía tocar, y dos meses de reloj. Con eso hizo un coche que ayudó a marcar hacia dónde iría el deportivo europeo, y que puso a un chaval desconocido en el camino de convertirse en uno de los grandes diseñadores del siglo.

La próxima vez que veas una carrocería que fluye como una sola pieza continua, sin costuras entre el perfil y la planta, acuérdate de la tortuga. De un chaval de veinticinco años a quien un jefe con olfato le dijo «hazlo como quieras». Y acuérdate también de que ese mismo coche estuvo años pudriéndose roto en un rincón porque nadie quiso pagar la chapa.

Las ideas buenas no siempre las tratan bien en su momento. Pero acaban ganando igual. Aunque tarden cincuenta y cinco años en volver.

Comprueba que sigues vivo.

Deja un comentario