Chaparral 2C y 2E: el coche que pisaba el aire con el pie izquierdo

chaparral 2e con su aleron gigante.

Imagínate la cara del piloto de carreras americano de 1966 al meterse por primera vez en un Chaparral 2E. Tres pedales en un coche con caja automática. Eso ya es un sinsentido. El pedal del centro es el freno. El de la derecha el acelerador. Y el de la izquierda, donde toda la vida ha estado el embrague, hace algo que ningún coche había hecho antes en la historia del motor: mueve un alerón gigantesco montado a metro y medio sobre el techo del coche.

Pisas: el alerón se aplana. Sueltas: el alerón se inclina hacia atrás y empuja la rueda trasera contra el suelo con cientos de kilos de fuerza.

El Chaparral 2E no es un coche con un alerón. Es un coche donde el piloto pilota el aire con el pie izquierdo. Es la primera vez en la historia que el aire deja de ser una consecuencia de la velocidad y pasa a ser una herramienta más de conducción, como el volante o el acelerador. Y todo esto en 1966, cuando los Fórmula 1 de Maranello y Hethel todavía discutían si poner un alerón pequeño detrás del piloto era hacer trampa.

Este artículo va de cómo se llegó hasta ahí. No del concepto, sino del taller. Porque para que un piloto pueda pisar un alerón con el pie izquierdo, antes hay que resolver un montón de problemas mecánicos muy gordos que no estaban en el manual.

El 2C: el padre que casi nadie cuenta

Antes del 2E llegó el 2C, en 1965. Si oyes hablar del 2E como «el coche que inventó la aerodinámica móvil», oyes una verdad parcial. El que la inventó fue el 2C. El 2E la perfeccionó.

El 2C era una evolución del Chaparral 2 original con un cambio gordo: chasis de aluminio diseñado por Chevrolet R&D en lugar del monocasco de fibra de vidrio. El chasis vibraba tanto a régimen alto que Hall lo bautizó EBJ, «Eye Ball Jiggler», el menea-globos-oculares. Ese tipo de detalle te dice mucho. No es un nombre de marketing, es un nombre de taller. Hall y los suyos pasaban tantas horas dentro del coche que le pusieron mote por la sensación física que daba conducirlo.

Lo importante del 2C: tenía un spoiler trasero móvil. No alerón. Spoiler. Una placa horizontal en la cola del coche, de unos 30 centímetros de alto, que se podía levantar con un pedal extra al lado del freno. Su función original era ser freno aerodinámico. Llegabas a la curva, pisabas el pedal extra con el pie izquierdo, el spoiler se levantaba a 90 grados, y la pared de aire que generaba ralentizaba el coche antes incluso de tocar el freno mecánico. Lo mantenías levantado durante toda la curva para añadir carga sobre el tren trasero. En recta, lo dejabas plano y el coche corría limpio.

¿Cómo coño tienes un pedal extra a la izquierda del freno en un coche de carreras? Aquí entra la otra pieza clave. El 2C, igual que el 2A antes, llevaba caja semiautomática de tres velocidades sin embrague, diseñada por Chevrolet R&D. Como ya viste en el artículo de Jim Hall, esa caja no era un capricho ni una automática del Impala metida con calzador: era un convertidor de par totalmente rediseñado para actuar casi como embrague mecánico a régimen de carrera, con una cadena de refrigeración rehecha desde cero. Meses de banco de pruebas, no una idea bonita. Lo que importa para entender el 2C —y lo que importará todavía más en el 2E— es lo que esa caja habilita: sin pedal de embrague, el hueco a la izquierda queda libre. Hall lo aprovechó para meter el control aerodinámico. Esa es la pieza que abre la puerta a todo lo que viene después.

El 2C ganó carreras durante 1965 y dejó plantada la semilla. Pero a Hall se le había ocurrido algo mejor.

El 2E: invertir la filosofía entera

Hall pasó la temporada de 1965 con la cabeza dándole vueltas a un asunto. El spoiler del 2C era un freno aerodinámico, defensivo. Tú lo activabas para frenar y para ganar carga en curva. Pero el resto del tiempo no hacía nada, plano sobre la cola.

¿Y si fuera al revés? ¿Y si el alerón estuviera siempre cargando el coche y solo se aplanara cuando quisieras correr en línea recta?

Esa frase, ese cambio de filosofía, es lo que separa al 2C del 2E. Y es lo que separa al automovilismo antes de 1966 del automovilismo después de 1966.

Porque cuando la posición por defecto del alerón es «cargando», todo el coche cambia. La suspensión se puede afinar para una carga aerodinámica permanente. La trazada se replantea. Las velocidades de paso por curva se disparan. Y en recta, donde un coche con alerón cargado pierde décimas porque el alerón le frena, el piloto pisa el pedalito y el alerón se pone plano: la resistencia se va al carajo y el coche corre como si no llevara alerón.

El 2E llevaba esa idea a un nivel que en 1966 parecía ciencia ficción. Te lo desgloso pieza a pieza, porque el coche entero es un sistema, no un alerón pegado.

Lo que ves al sentarte dentro

Antes de empezar con la aerodinámica, métete un segundo en la cabina. Te sientas. La cabina del 2E es estrecha, te abrocha el cinturón un mecánico desde fuera. La palanca de cambios queda a tu derecha, baja, casi a la altura del muslo. Solo tres posiciones: park, neutro y drive. No hay primera, segunda, tercera. La caja semiautomática lo hace todo sola.

Bajas la mirada al suelo. Y aquí está la primera rareza: tres pedales en un coche con caja automática. El de la derecha es el acelerador, lo entiendes a la primera. El del centro es el freno, también. El de la izquierda es donde el subconsciente del piloto del 66 espera encontrar el embrague. Pones el pie. El pedal está duro. No tiene tacto de embrague. Es un pedal rígido con muelle de retorno fuerte, anclado al suelo con una bisagra mecánica robusta. Pisas. Notas el clack-clack de los cables y la varilla actuando bajo el túnel de transmisión. Sueltas. El muelle empuja el pedal de vuelta a la posición arriba.

A tus espaldas, sobre el túnel de transmisión, sale un manojo de cables y varillas que viaja hacia atrás bajo el coche, atravesando todo el chasis, hasta el alerón a metro y medio sobre el techo. Ese cable es lo que tienes en el pie izquierdo. Cuando pisas, mueves un alerón gigantesco a un metro y medio por encima de la cabeza, a través de cinco metros de chasis intermedios. No hay servoasistencia. Es fuerza muscular humana directa moviendo una pieza aerodinámica de varios kilos a 250 por hora. Por eso el pedal está duro: porque el alerón no se mueve solo.

Ahora sí, con esa imagen en la cabeza, te cuento lo que el alerón hacía.

El alerón

Empecemos por lo obvio. El alerón del 2E mide casi metro y medio de envergadura, montado sobre dos struts altísimos que lo elevan más de un metro y medio sobre el cuerpo del coche. Está en aire limpio, por encima de las turbulencias que genera la propia carrocería. Eso es importantísimo. La eficacia de un alerón depende de la calidad del aire que le llega. Si lo pones bajo, en la zona donde el aire ya viene revuelto por el techo y las ruedas, te falsea todo. Si lo pones alto y libre, el alerón trabaja en condiciones casi de túnel de viento, generando carga predecible y limpia.

Ahora el detalle que la mayoría no cuenta y que es Toni mecánico puro. El alerón del 2E no estaba anclado al chasis. Estaba anclado directamente a las manguetas de las ruedas traseras. Léelo otra vez. La carga aerodinámica del alerón pasaba directamente a los hubs traseros, no a través del chasis ni de la suspensión.

¿Por qué? Porque si anclas el alerón al chasis, la carga que genera tiene que viajar a través de los muelles y los amortiguadores antes de llegar al neumático. Eso tiene dos problemas. Primero, parte de la fuerza se pierde por deformación del propio chasis y por compresión de los muelles. Segundo, la propia suspensión ya está trabajando con la transferencia de masas dinámica, y si encima le metes carga aerodinámica variable encima, los reglajes se vuelven imposibles. Anclar el alerón directamente a la mangueta es una solución de ingeniero-piloto: la carga llega al neumático directa, sin pasar por nada. Los muelles siguen haciendo su trabajo de siempre, ajenos al asunto. Y el reglaje del coche no se vuelve loco cada vez que entras en una curva rápida.

Eso, en 1966, no se le había ocurrido a nadie. Hoy lo aplican en cosas como las suspensiones activas de los hipercoches modernos. Hace casi sesenta años Hall ya estaba pensando en cómo separar las cargas aerodinámicas de las cargas mecánicas para que el coche fuera más fácil de reglar.

El sistema de actuación

El alerón del 2E se movía mecánicamente. Cables, palancas, varillas. Sin servoasistencia hidráulica. Pisas el pedal con el pie izquierdo, una varilla tira de un brazo, el brazo gira el eje del alerón, el alerón se aplana. Sueltas el pedal, un muelle lo devuelve a la posición inclinada.

Todo eso suena precioso en una pizarra de Caltech. En la pista, el alerón del 2E se rompía constantemente. Bridgehampton 1966, debut: actuador mal ajustado y problemas con el sistema hidráulico de control en los entrenos. Mosport 1966: rotura. Stardust 1966 —que es la última carrera de la temporada Can-Am 1966, no confundir con el accidente fatal que Hall tendría en este mismo circuito de Las Vegas dos años después en 1968 con un coche distinto, el 2G— se rompe el actuador del alerón de Hall a las pocas vueltas. El alerón se queda dando bandazos arriba y abajo. Hall se retira. Poco después, lo mismo en el coche de Phil Hill. En boxes le quitan el alerón entero y le dejan solo los struts unidos por una barra. Hill termina la carrera con «el coche más diabólicamente difícil de pilotar» según sus propias palabras.

Ese es el coste de ir veinte años por delante. Las ideas funcionan en la pizarra. En el taller, fallan. Y en el taller las arreglas, una y otra vez, hasta que dejan de fallar. La diferencia entre Hall y un teórico es que Hall sabía que iban a fallar antes de que fallaran. Por eso el 2G del año siguiente refuerza estructuralmente todo el conjunto del alerón y los soportes. No es un rediseño, es una respuesta de campo a un componente que se había revelado frágil bajo carga real.

La nariz: el otro alerón que nadie mira

Aquí viene la parte que casi nadie cuenta. Cuando hablas del 2E, todo el mundo mira el alerón gigante de atrás. Pero el 2E tenía un sistema aerodinámico delantero que estaba acoplado al de atrás y que era casi tan importante.

El morro del 2E llevaba un conducto venturi: el aire entraba por la boca delantera y se aceleraba al pasar por una zona estrecha bajo el morro, generando baja presión y por tanto carga aerodinámica en el tren delantero. Hasta ahí, hidráulica de primero de carrera. Lo bueno es que ese conducto tenía una trampilla en la entrada, conectada al mismo pedal izquierdo del piloto. Cuando pisabas el pedal, la trampilla se cerraba a la vez que el alerón trasero se aplanaba. Cuando soltabas, la trampilla se abría y el venturi delantero volvía a generar carga.

¿Por qué? Para mantener el equilibrio aerodinámico del coche. Si solo cambias la carga del eje trasero —aplanando el alerón— y no haces nada delante, el coche se desestabiliza al cambiar de fase. El piloto pisa el pedal en plena recta, el tren trasero pierde 200 kilos de carga, el delantero sigue cargado, y el coche se vuelve nervioso y subvirador. Lo que hizo Hall fue acoplar las dos cargas: aplanas atrás y cierras delante a la vez. El coche pasa de «agarre alto en curva» a «drag bajo en recta» sin desequilibrio. Es una solución de ingeniero que pilota: nadie que no haya conducido un coche con problemas de balance aerodinámico habría pensado en esto.

Los radiadores laterales

Otra revolución silenciosa del 2E. Hasta entonces, todos los coches de carreras llevaban el radiador en el morro. La razón era simple: ahí pillaba aire fresco. Pero tenía dos problemas serios. Primero, el radiador en el morro calienta los pies del piloto, que tiene que aguantar 250 grados de agua hirviendo a 20 centímetros de los tobillos durante carreras de horas. Segundo, ocupa la zona del coche que más necesitas tener limpia para canalizar aire por debajo o por encima.

Hall sacó los radiadores del morro y los puso en dos pontones laterales junto a la cabina. El morro quedó libre para construir el venturi del que hablamos arriba. La cabina dejó de ser un horno. Y la masa del radiador y del agua se centralizó, mejorando la distribución de pesos.

Hoy, sesenta años después, todo Fórmula 1 y todo IndyCar lleva los radiadores en pontones laterales. Lo inventó Hall en el 2E.

La temporada 1966: una victoria, una constatación

El 2E debutó en Bridgehampton el 16 de septiembre de 1966. Hall calificó en pole. Phil Hill, su compañero, tuvo problemas mecánicos en los entrenos. Hall le cedió su 2E para la carrera, así que la pole de Hall desapareció oficialmente del registro porque el coche corrió con otro piloto. Hill terminó cuarto después de que el sistema del alerón fallara dejándolo en posición fija.

En Mosport, segunda carrera, Hall marcó la vuelta rápida y rompió motor. Hill consiguió un segundo puesto.

Laguna Seca, tercera carrera. Aquí, por fin, los 2E hicieron lo que sabían hacer. Phil Hill ganó, Jim Hall segundo, uno-dos para Chaparral. La única victoria del 2E en toda la temporada.

Riverside, cuarta carrera. Hill segundo. Vapor en los conductos de combustible para los dos coches por el calor del desierto.

Stardust, final de temporada en Las Vegas. Los Chaparrales calificaron en primera línea. En carrera, los actuadores del alerón se rompieron en los dos coches. Hill terminó séptimo con el coche modificado en boxes. Hall acabó por debajo. John Surtees con el Lola T70 ganó el primer título Can-Am de la historia.

¿Significa eso que el 2E fracasó? Si miras la tabla de resultados, sí: una victoria de seis carreras. Si miras lo que hizo a la categoría entera, no: el 2E forzó a McLaren, Lola y a todos los demás a empezar a pensar en aerodinámica de verdad. Bruce McLaren se acercó al 2E en el paddock de Bridgehampton para mirarlo de cerca y, según la leyenda, dijo entre dientes «Bugger me, Hall’s done it to me again». McLaren, Lola y los demás se pusieron a copiar.

Phil Hill dijo que el 2E era su Chaparral favorito hasta el día que murió. Jim Hall dice lo mismo todavía. Cuando un piloto de Fórmula 1 ganador y un constructor con 60 años de carrera te dicen que su coche favorito es uno que solo ganó una carrera, te están diciendo que el resultado es lo de menos. Lo importante es lo que el coche enseñó.

La filosofía Chaparral en una frase

Mientras el resto del paddock metía motores de 6 y 7 litros de hierro, llegando a 600 caballos a costa de 100 kilos extra, Hall se quedó con un Chevrolet aluminio de 5.3 litros y unos 420-450 caballos. Menos potencia, mucho menos peso, y aerodinámica cinco años por delante de cualquier rival.

Esa es la filosofía Chaparral. Y es una declaración de principios contra la cultura americana del «no replacement for displacement». Hall era tejano, ingeniero, vivía en el corazón de la cuna del músculo americano, y construyó un coche que ganaba a los V8 de hierro con menos cubicaje y más cabeza. Por eso lo prohibieron a finales de 1969: porque cuando aplicas la cabeza, el reglamento se queda corto, y al reglamento le cuesta seguir el ritmo.

A finales de 1969 la SCCA prohibió oficialmente los «movable aerodynamic devices». Adiós alerón móvil del 2E, adiós sistema de pedal del 2C, adiós a todo el invento. La FIA hizo lo mismo en Fórmula 1 después del año de los alerones altos en el 68 y 69 (el de Lotus 49 en Mónaco 68, los desastres de Barcelona 69). Lo prohibieron en todas partes prácticamente a la vez.

Curiosamente —y esto es para reírse— la Fórmula 1 lleva desde 2011 con el DRS, un sistema en el que el piloto pulsa un botón y el alerón trasero se abre para reducir resistencia en recta. Mismo principio físico que el 2E. El piloto controla el alerón. Lo que en 1966 era una herejía que prohibieron por peligrosa, en 2011 se convirtió en obligatorio para el espectáculo. La pregunta sin respuesta: ¿qué cambió? La física no. Solo la conveniencia política del reglamento.

Eso es lo que dejó el 2E. No solo una temporada de 1966 con una victoria y un montón de fallos. Una pregunta incómoda que sigue abierta seis décadas después. Cuando la regla y la física no coinciden, ¿quién manda?

Hall ya respondió en Midland en 1966. Manda la física. La regla solo retrasa lo que la física ya tiene decidido.

Comprueba si tu pie izquierdo sirve para algo más que el embrague.

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